Fabricantes de nacionalismos
-Wifredo Espina-15/10/07 Como si no tuviéramos ya demasiados, se está jugando a fabricar más nacionalismos. Y como los nacionalismos de distinto signo se repelen y se retroalimentan, vamos por mal camino. Saltan chispas y nos instalamos en la crispación contínua. Es decir, en la anormalidad.
Aznar, durante su segundo mandato, en que ya no necesitava pactar con nadie, se dedicó a fustigar a los nacionalismos periféricos, algunos de los cuales le habian ayudado a lograr la presidencia en su primera etapa. Confundió todo sentimiento nacionalista con el independentismo. Y levantó desproporcionadas banderas españolas en el centro de Madrid. Como cabia esperar, los nacionalismos periféricos lo interpretaron como un trágala. Y los nacionalistas independentistas aumentaron.
Zapatero, entre ingénuo e insensato, pactó gobernar con los representantes del nacionalismo independentista, e incluso intentó llegar a acuerdos de paz con los violentos. Confundiendo, como dice
Anasagasti, tigres con gatos. La jugada le salió mal. Pero los radicales se sintieron reconocidos y evalentonados. Desde posiciones de gobierno unos y desde mesas de negociación otros, vieron acercarse su hora. Así los independentistas radicales se multiplicaron.
Rajoy, pensando que puede llegar a La Moncloa, replica la actitud de Zapatero con llamadas solemnes y nerviosas a la unidad de España, con lo cual, por una parte y como reacción, siguen creciendo los independentistas periféricos, y por otra, con su enardecimiento unitarista, alienta y radicaliza el nacionalismo centralista o españolista. El ciclo de la retroalimentación de los extremos se está cerrando de forma explosiva.
Sea por lo que fuere –sentimientos patrióticos heridos de unos y de otros, actitudes victimistas de estos o de prepotencia histórica de aquellos- el resultado es que la diversidad del país no acaba de encontrar su encaje normal. Por el contrario, con esos excesos de ambos, se dificulta cada dia más. No se acepta con naturalidad esta diversidad, ni se acierta –o no se quiere acertar- a tratarla con normalidad.
Así, en lugar de reforzar la “
conllevancia”, como pedía
Ortega, se ahonda la zanja de la incomprensión y se aviva la intolerancia entre quienes estan llamados a convivir y colaborar desde sus propias identidades.
Sin más naturalidad –política y social- y fabricando
“ismos” e
“istas” nuestro futuro no se despejará.
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