Sería exagerado titular ‘El Estatut de las mentiras’, pero no mucho. Según va trascendiendo, la letra del Estatut catalán será una cosa y su realidad jurídica otra. Una cosa será lo que dice el texto y otra la que habrá que leer (y aplicar) según la sentencia del Constitucional, que se asegura va a publicarse dentro de unas semanas.
Así, el Alto Tribunal se habrá sumado al ‘juego de las astucias’ que ha venido marcando todo el largo proceso de ‘reforma’ (sustitución) del anterior, una vez archivado, por inviable, aquél que fue aprobado, a bombo y platillo, por el Parlament de Catalunya el 30 de septiembre de hace cuatro años. Después de aquel fallido proyecto, que venía a ser una especie de ‘golpe de Estado’ disfrazado de aparente legalidad –que Zapatero se había comprometido a aprobar-, todo ha discurrido por el camino de las astucias, de ver quien engaña a quien: si los legisladores catalanes a los del Estado o éstos a aquéllos.
Maragall jugó astutamente esta carta para llegar a presidente de la Generalitat, y Zapatero hizo lo propio para ser presidente del Gobierno. Casi todo fue maniobra, casi nada un planteamiento realmente serio. Incluso las discusiones en el Congreso de los Diputados, que acabó aprobando un texto muy mutilado. También el Referéndum catalán, que no movilizó a la mayoría de ciudadanos, siendo refrendado el texto por minoría, con una abstención vergonzante y una oposición rotunda de los bandos extremistas de uno y otro signo. Salió un Estatut de nadie.
Un Estatut así, pese a tener fuerza legal plena, ¿quién lo iba a aplicar en todos sus términos? Por supuesto, nadie. Y esto ha desgastado seriamente los gobiernos de Zapatero y de Montilla, por su incumplimiento y sus astucias en las explicaciones que han dado. El idealista Maragall fue defenestrado ‘a tiempo’ por Zapatero y Montilla.
Ambos, en este juego de astucias mentirosas, no han parado de proclamar que el Estatut “es plenamente constitucional”. No podían ser sinceros y perder parte de su parroquia. Ahora les ha llegado la hora de saber la verdad judicial.
Pero, visto el ambiente interesadamente crispado creado en Cataluña, el Tribunal Constitucional ha empleado tres años para estudiar también una estrategia para decir ‘no’, pareciendo que está diciendo que ‘sí’ a los artículos más espinosos del texto estatutario. Se apunta, también así, al ‘juego de las astucias’. Se ‘salva’ el Estatut en su letra, pero vaciándolo mucho de su sentido originario.
Recurriendo a esta astucia, se darán ‘argumentos’ (verbalistas) tanto a quienes defienden la ‘constitucionalidad’ del Estatut como a los que la niegan. ¿Evitará esto un enfrentamiento total y una reacción airada de parte de la ciudadanía catalana, que intentará arrastrar a la otra parte, exaltando sentimientos tan nobles como bastante primarios en nombre de ‘la patria’ pequeña? Es dudoso.
Seguramente, las graves preocupaciones actuales de la gente, por el alarmante aumento del paro y la caída de las ventas, actuarán de distracción y atenuante ante las previsibles virulentas reacciones ante el verdadero fondo de la sentencia del Constitucional. Seguramente, también, las circunstancias y el cansino paso del tiempo, tendrán su papel en este engañoso ‘juego de las astucias’ en que casi todos, por distintos intereses, no siempre confesables, han entrado. Incluso el Tribunal Constitucional, que en su misión de interpretar la Constitución, es esencialmente político, con mayúsculas.
Saldrá, probablemente, un Estatut que mejorará el anterior, pero que no satisfará a casi nadie. Ni a los astutos que querían reventar por dentro la Constitución, ni a los que pretenden tenerla congelada para siempre. Astutamente, el Alto Tribunal tirará por el camino de en medio. ¿El mal menor?