Aquellos viejos tiempos
-Ramón Pi-
24/01/08 Ay, aquellos viejos buenos tiempos. Por aquel entonces, allá por los años setenta del siglo pasado, la pulcritud de los
políticos en distinguir lo que corresponde al
partido y lo que es privativo del
Gobierno era una de las características de las
campañas electorales. Era escandaloso, por ejemplo, que se utilizasen medios gubernamentales para actividades partidarias, incluidos los medios de transporte de los altos cargos.
Si un ministro se desplazaba a un lugar para intervenir en un acto del partido, el sistema de seguridad permanecía inalterado, pero el ministro llegaba en un automóvil del partido; bastante ventaja llevaba ya sobre sus competidores con su alto cargo. Y cuando se producía una situación ambigua, la tendencia de los medios de comunicación era vigilar que la balanza se inclinase hacia la preservación del dinero reservado a las actividades del Gobierno como tal.
Luego ocurrió que los partidos se endeudaron de forma muy considerable, y los políticos, convertidos en legisladores, resolvieron el asunto con subvenciones pingües para los partidos. La cosa tenía lógica, pero produjo un efecto en el que deberían haber reparado, y no lo hicieron: se relajó progresivamente el cuidado en la distinción entre partido y Gobierno. Y así hasta hoy, que ya no sorprende a nadie que un alto cargo use el coche oficial para llevar a los niños al colegio o un helicóptero del Estado para irse de fin de semana, y además a una finca estatal.
Y así nuestros hábitos políticos se han ido despeñando por el precipicio bananero, ante la pasividad de una opinión pública cada vez más anestesiada. ¿Quién cree que se podría organizar hoy el escándalo famoso del Mystère oficial que mandó llamar
Alfonso Guerra, en sus tiempos de vicepresidente del Gobierno, para ir de Faro a Sevilla porque había atasco en la carretera y llegaría tarde a los toros? ¿Quién cree hoy que existe una similitud lacerante entre lo que ocurre con la parentela de
Manuel Chaves y aquella historia esperpéntica de
Juan Guerra y Mienmano, la Torre Norte y la Torre Sur, y el despacho de los cafelitos?
Ay, aquellos buenos viejos tiempos, que ya no sé si algún día volverán.
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