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Magia potagia-Gabriel Mª Otalora- 08/07/08 Anselm Kiefer es uno de los artistas matéricos más reconocidos; un tipo honesto, capaz de dudar de la autoridad del arte en el sentido de que el artista no proporciona modelos ni esquemas, sino estímulos al espectador.
Estímulos al espectador: es lo que igualmente nos regala la magia del ilusionismo, que tanto nos atrae a algunos. Podemos decir que el ser humano siempre ha tratado de provocar la admiración y el temor con los fines más diversos. No hay que olvidar que la magia y la hechicería estuvieron ligadas a las creencias de la mayoría de pueblos de la Antigüedad (griegos, celtas, etc.).
Yo veo la magia como un espectáculo lleno de poder sobre el espectador que, a su vez, se lo cede gustoso al mago, en mutua complicidad, para que le transporte a una sana fantasía con la manifestación de su arte.
Necesitamos del encanto de los ilusionistas para que nos ayuden a recuperar al mejor niño que llevamos dentro. No hace falta ser Harry Houdini o Juan Tamariz; cualquiera vale si es capaz de crear ambientes entrañables en su mise en scène. Las películas de Harry Potter no son ajenas al encanto al que me refiero.
Si el creador Kiefer hace reflexionar con sus estímulos sobre la repetición cíclica de la historia, un ilusionista puede estimular con su arte a no desmayar la esperanza en el ser humano, cosa que logra cada vez que su ilusión saca el mejor niño que todos llevamos dentro; lo contrario que algunos políticos, muy capaces de “matarlo”.
Soy un convencido de que en este erial posmoderno, los magos de la prestidigitación y los payasos son más necesarios que nunca por su capacidad de llegada limpia al corazón, más allá del simple entretenimiento: no tanto por lo que hacen en sus representaciones sino por cómo lo hacen y lo que nos transmiten.
Todo mi reconocimiento para ellos.
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