Los límites de la normalidad
-Isaías Lafuente- 14/11/07
Los españoles comunes se separan, pero la
infanta Elena "cesa temporalmente su convivencia matrimonial". La invención del eufemismo por parte de la Casa del Rey para explicar la
ruptura marca distancias, mientras paradójicamente todos nos empeñamos en subrayar el toque de normalidad que aporta a la
Familia Real una circunstancia tan humana como ésta. El mismo día -martes y trece tenía que ser- los príncipes de Asturias saltaron involuntariamente a las portadas de los medios por la condena a dos
humoristas de
El Jueves como consecuencia de una portada considerada injuriosa.
El tribunal también ha caminado sobre el alambre al dictar una sentencia pretendidamente ejemplarizante que valora sin embargo a precio de saldo la vejación. En el fondo parece que viene a decir que la cosa no fue para tanto, apreciación que suscribimos. Seguramente los promotores de la causa estarán sorprendidos de cómo la hiperprotección puede devenir en perjuicio para los protegidos, o cómo un secuestro puede contribuir a la difusión universal de la viñeta secuestrada.
A estas alturas de la Historia existe un consenso básico sobre el papel crucial desempeñado por el Rey en la Transición y en la consolidación de la
democracia en España. Buena parte del extraordinario crédito popular con el que cuenta la monarquía en nuestro país lo ha generado
don Juan Carlos por la adaptación de la institución a los nuevos tiempos, vaciándola de viejos resabios cortesanos al tiempo que la Constitución la despojaba de poder efectivo. El matrimonio del
príncipe Felipe con
Leticia Ortiz fue el penúltimo gesto de normalidad antes de la separación de su hermana.
La cuestión está en saber cuáles son los límites de la normalidad y si ésta contribuye a consolidar la institución o deja en evidencia sus costuras. La gran pregunta es si algún día en este país será compatible el elogio y el reconocimiento al
Rey con un debate sereno sobre una institución que en su esencia, al margen de las personas que la encarnen y de su extraordinario servicio a los intereses de España, tiene un difícil encaje democrático.
Porque lo anormal en un país moderno y democrático como el nuestro no es la normalidad de las relaciones en la familia del Jefe del Estado - sólo faltaría -, sino que nos parezca normal que la jefatura del Estado siga siendo una cuestión de herencia familiar.
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