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Elogio póstumo del creador de Benidorm-Enrique Arias Vega- 04/04/08 Ahora que se ha muerto, todos consideran un genio a Pedro Zaragoza, el inventor del Benidorm moderno. Hace años, en cambio, lo menos que se decía de él era que se trataba de un depredador del medio ambiente. Y es que “las ciencias adelantan que es una barbaridad”, como decía Don Hilarión en La verbena de la Paloma. Ahora que se manifiesta insostenible el urbanismo extensivo de viviendas unifamiliares, con atascos de coches, emisiones de CO2 y derroche de agua en piscinas privadas, el modelo intensivo de Benidorm empieza a ser ponderado por sociólogos y arquitectos de todo el mundo.
Pedro Zaragoza siempre, en un momento y otro de su vida, fue puesto a parir por alguien. Se le llamó hortera, por crear el Festival de Benidorm cuando a nadie se le había ocurrido la idea. Se le consideró irreverente, por irse en moto a ver a Francisco Franco y pedirle al dictador que permitiese el bikini en sus playas. Se le tildó de chalado, por viajar por Europa con una familia lapona como reclamo de veraneantes para Benidorm. Luego, retrospectivamente, tanto la izquierda como la derecha, han convenido en que Pedro Zaragoza fue un precursor del turismo como la gran industria nacional, del marketing como sistema ideal de venta y de la permisividad como actitud ideológica. A buenas horas, mangas verdes. Y es que en este país somos así: primero disparamos y más tarde apuntamos; antes nos dedicamos a criticar al prójimo y después reflexionamos sobre el porqué de sus acciones.
Lo cierto es que la ciudad levantina que nos ha legado su creador no tiene nada que ver con aquel poblacho marinero en que apenas si había 10.000 veraneantes cuando nuestro hombre llegó a la alcaldía. Hoy recibe seis millones de visitantes, el 11 por ciento del turismo español y sus más feroces críticos la llaman Beniyork, en alusión a la ciudad de los rascacielos. Pero ya ven: el tener más de 300 edificios que superan los 35 metros de altura permite concentrar los servicios, prescindir del automóvil, facilitar el acceso a cualquier parte, ahorrar infraestructuras y poder pasear en un espacio casi sin cuestas.
Por eso, entre otras cosas, el difunto Pedro Zaragoza fue un precursor. Y es que el tiempo pone a cada uno en su sitio. ¿Cuántos de nuestros coetáneos, que ahora ponemos a caer de un burro, simplemente porque no los comprendemos, serán considerados unos genios mañana por la mañana? Seguro que más de los que creemos. Seamos, pues, si no más inteligentes —a diferencia de la ex ministra María Antonia Trujillo, cuando dijo “ni conozco Benidorm, ni lo quiero conocer”—, sí al menos algo más cautos antes de meter la pata. (28/03/2008) Alcoholímetros para jueces (24/03/2008) Nadie boicoteará a Pekín (14/03/2008) La indigestión política de Esquerra (12/03/2008) Nosotros las matamos (01/03/2008) La demagogia de la inmigración (22/02/2008) Liquidar al oponente
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