Liquidar al oponente
-Enrique Arias Vega- 22/02/08 Si
María San Gil,
Dolors Nadal y
Rosa Díez hubiesen sido simples amas de casa en vez de personajes políticos, las agresiones e intimidaciones sufridas por ellas se habrían considerado violencia de género. Si los matones que las acosaban hubiesen sido ciudadanos del común, en vez de vociferantes miembros de la extrema izquierda, no se habrían ido de rositas.
Pero así están las cosas. Una minoría de individuos está dispuesta a silenciar por la brava a aquéllos que no les gustan apoyando sus ataques, oh paradoja,
“en la defensa de la democracia y la libertad de expresión”. No es que esta sociedad haya enloquecido de repente, no. Simplemente padece una afección de permisividad suicida que, sólo cuando quiere atajarla, descubre que ya se le ha ido irrecuperablemente de las manos.
Sucede en las aulas, con agresiones repetidas a condiscípulos y a maestros; en la funesta moda de los vídeo-reality, donde se graban sevicias a las personas más discapacitadas; en la violencia doméstica que no cesa, pese a bienintencionadas campañas disuasorias; en los robos a viviendas con una creciente brutalidad inusitada, y en los actos para amedrentar a los rivales políticos más conspicuos y educados.
Hace años, el fallecido cineasta
Ingmar Bergman filmó en El huevo de la serpiente la cómplice y complaciente pasividad del pueblo alemán que propició el advenimiento del nazismo. Y es que si se incuba el huevo de la sierpe ésta acabará por nacer.
Y tomo la analogía de la serpiente, utilizada por
ETA en su anagrama, para hacer una triste reflexión retrospectiva. ¿De verdad habría adquirido ETA la horrible dimensión asesina alcanzada si se hubiese cortado por lo sano todo el entramado de intimidación ciudadana, violencia callejera y presión política en que ha basado su expansión? Tontamente hemos dejado pasar 20 años antes de darnos cuenta de que la kale borroka ha sido el frente de juventudes del fascismo etarra, en el que se han formado todos sus dirigentes actuales.
¿Estamos permitiendo la incubación en Galicia y Cataluña —y hasta en Madrid— de otros huevos de serpientes autóctonas que acabarán por estrangular nuestro futuro? Dada esa posibilidad, algunas declaraciones de políticos que atribuyen a sus oponentes todas las maldades del mundo y abogan casi por su desaparición son sencillamente irresponsables. ¿Qué es eso de desear que haya “tensión”? ¿A qué vienen las llamadas apocalípticas pare evitar a todo trance la victoria del contrario? Precisamente, esos polvos aparentemente inocuos son los que luego traen los lodos que acaban por enfangarnos a todos.
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