Adiós, Bolivia, adiós
-Enrique Arias Vega- 26/12/07
Bolivia ha ensayado todo desde el día de su independencia a hoy: golpes de Estado de derechas y de izquierdas, dictaduras militares, gobiernos efímeros de sólo 16 días y hasta una guerra con
Chile que le dejó sin salida al mar en 1904.
Pese a ello, y cumpliéndose las peores expectativas de
Simón Bolívar, sigue siendo hoy uno de los países más pobres de Latinoamérica. El presidente
Evo Morales inventa ahora una vía inédita: la
vuelta al Siglo XV, al indigenismo precolombino fragmentado en dialectos irreconocibles y donde los ritos, las costumbres y las normas ancestrales tienen más valor que las leyes democráticas.
Es todo un
reto: lo peor es que lo hace frente a un 40 por ciento de la población, la que habita las zonas menos deprimidas, con una cultura liberal y capitalista y que, más que mirar hacia el pasado, prefiere hacerlo hacia el Siglo XXII.
El intento revanchista de Evo probablemente sea bienintencionado, pero es improbable que saque de la miseria a las masas
indígenas que viven de espaldas al progreso y a los ingresos de los hidrocarburos, como antes tampoco vieron un dólar de las exportaciones que acabaron con el estaño del país. Para conseguir su propósito se basa en una prolija Constitución intervencionista y populista, que es un popurrí de disposiciones difícilmente democráticas, y aprobada sólo por los suyos.
Para defenderla, aparte de la dudosa fidelidad de las fuerzas armadas —las mismas que mataron al Ché Guevara hace 40 años— dispone de su propia fuerza de choque, de esos 100.000 Ponchos Rojos de Ruperto Quisque que desfilan en igualdad de condiciones con el ejército regular. Los Ponchos son quienes el otro día degollaron en un ritual arcaico a dos cachorros, como aviso de lo que puede sucederles a los opositores a la refundación de Bolivia. Y es que todo lo precolombino tiene más valor hoy que la denostada democracia criolla, como evidenció el mismo Evo al someterse en
Tiwanaku al ritual de sus mayores en la víspera de su toma de posesión presidencial.
En ese camino vertiginoso hacia el pasado, Morales corre el peligro no sólo de alejar a los inversionistas extranjeros —sobre todo los españoles—, sino a las cinco provincias más ricas del país. La escisión no sería pacífica, claro, pero visto lo visto en la antigua Yugoslavia y dado el perturbador mesianismo del vocinglero vecino venezolano
Hugo Chávez, no parece que semejante posibilidad arredre a los bolivianos, curados ya de espanto ante todas las calamidades de su lastimosa historia.
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