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RuidosTrujillo
12/02/07 No hay nada más parecido al ruido que el humo del tabaco. Hace 30 años a nadie en su sano juicio se le ocurriría prohibir fumar en un bar, en un restaurante, en una sala de espera o en algunos transportes públicos (mucha gente iba en taxi porque se podía fumar, cosa que hoy está prohibida en nuestro país).
El sagrado derecho al descanso, amparado en sentencia firme del Tribunal Supremo, es un primer paso en la lucha contra la contaminación acústica de la que tan aquejada se encuentra nuestra sociedad. Con evidente desprecio al prójimo y a unas ordenanzas municipales que no se hacen cumplir, los españoles somos uno de los pueblos más ruidosos del mundo.
La gran tradición de fiestas populares en nuestro país hace muy necesario que los organizadores tengan muy en cuenta a la hora de diseñar sus programas, los horarios y el respeto a las aún escasas normas que limitan la contaminación acústica.
No hay duda que dentro de pocos años, el concierto urbano que atrona las madrugadas con miles de vatios de potencia o la utilización de pirotecnia ensordecedora, estará tan mal visto como lo estaría ahora la imagen de quien pretendiera entrar en un quirófano fumándose un habano o la de una azafata del AVE repartiendo cigarrillos entre los pasajeros.
Como casi todos los problemas sociales, el del ruido se resuelve con más educación. Podríamos afirmar que la cultura de un pueblo es inversamente proporcional al nivel de decibelios de su entorno.
No olvido el aspecto económico de las fiestas populares que, en muchas de nuestras ciudades, son el acontecimiento social más importante del año -carnavales, fallas, san fermines, ferias- pero si no somos capaces de hacer compatible su continuidad con el respeto a la salud mental de la población, los actos festivos se convertirán, a no tardar mucho, en motivos de discordia y enfrentamiento entre vecinos.