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La llave ética
Gabriel Mª Otalora
22/01/07 La ética, más que una parte de la filosofía, es una filosofía de vida que actúa como una llamada, mitad invitación y mitad obligación, desde los pliegues más profundos de la persona provocándole un posicionamiento; una especie de diccionario de conductas con valores que nos va señalando en cada elección el camino y nos alerta contra los engaños sensoriales que nos atosigan, no siempre en la dirección correcta. Es la tensión entre el deber y el ser.
Es una pena que la dimensión humana haya cedido tantos metros ante el vértigo de la seducción materialista. Y no sólo eso, puesto que los principios éticos han sido reglados hasta subvertirse los términos: la ley ha pasado a ser el centro de la preocupación ética a costa de los valores que encierra, produciéndose una deriva hacia la superficialidad normativa en detrimento de su vivencia a través de conductas. Dicho de otro modo, nuestra sociedad está olvidando que la verdadera liberación interior pasa necesariamente por el camino de la responsabilidad.
La ausencia de límites tácitamente consentida, no deja espacio al principal axioma ético:
“haz a los demás aquello que te gustaría que te hiciesen”. La consecuencia resultante es la falta de esperanza individual y colectiva y la insatisfacción profunda que padece nuestra sociedad opulenta. Sin un marco de referencia de vivencias éticas -¡todo no vale!- el ser humano está perdido.
En este mundo que nos hemos montado de espaldas a valores como la solidaridad, es difícil discernir y acertar en la respuesta que, a veces, requiere conductas aparentemente improductivas, incómodas o peligrosas que sin embargo encierran un contenido extraordinario de ejemplo, esperanza y autoestima que no imaginamos la fuerza transformadora que producen en otras personas (y en nosotros mismos) acostumbrados a mediciones exclusivamente empíricas.
No todo lo que puede hacerse debe acabar haciéndose para evitar que la adorada eficacia no acabe por deshumanizarnos. Los límites éticos existen y debemos respetarlos. De lo contrario, la ciencia, la política, la economía, la cultura e incluso la religión inconsecuente, acaban por servirse a sí mismas a nuestra costa al empecinarnos en actuar en colisión con la dignidad del ser humano. Tenemos al alcance de la mano un millón de ejemplos que valen más que cualquier palabra.
¿Todo esto son chorradas? Fijándonos en los niveles de deshumanización y de destrozo del ecosistema del planeta, yo creo que no.