Con la brújula sin norteGabriel Mª Otalora10/04/06Llevamos años afirmando que estamos en crisis: crisis de valores éticos, crisis económica, de las ideologías, artística, espiritual, de autoridad... Parece que todo está del revés y sin asideros sólidos donde agarrarnos más allá de la coherencia personal, que no está muy de moda precisamente.
Creo que no me equivoco si afirmo que hemos convertido la vida en una especie de utopía utilitaria. Nuestro progreso es paradójico por cuanto estamos llenos de conocimiento, pero caminamos sin darle importancia a los destrozos naturales que causamos por el camino o las desigualdades que producimos.
Son tiempos en los que convivimos escépticos de derechas y de izquierdas, progresistas religiosos y ateos, cristianos desesperanzados que se comportan como si no tuviesen Dios, marxistas consumistas, agnósticos que viven en la esperanza junto a creyentes desesperanzados, jóvenes conservadores y dogmáticos, cincuentones rebeldes, pasotas, indiferentes, violentos que exigen paz o patriotas que abominan de los nacionalismos.
Es un tiempo difícil para espigar a los engañados de los engañadores y los falsarios. Hemos llegado a que de de un político o de una encuesta nunca se puede comentar con mucha seguridad. Con tanto sin sinsentido, es inevitable pensar en el ocaso de las ideologías.
Toda esta experiencia vital que tanto angustia a nuestra sociedad atrapada entre sus ruidos, ha desembocado en una gran crisis de principios en esta especie de nueva Ilustración que ha idolatrado el mundo de los saberes como fuente de seguridad humana, dejando de lado casi todo lo demás. Todo vale y nada vale, según la brújula que ahora manda aunque no marque el Norte: la ortodoxia cambiante del mercado.
Afortunadamente, la vida está montada como un gran escenario pedagógico levantado sobre la esperanza de valores eternos al alcance de cualquier ser humano. Bastaría con agacharse a ras de tierra para trabajar sus frutos en clave de presente, para que crezca lo mejor de lo que cada persona es capaz de ser y de brillar. Y hacerlo con el corazón abierto, receptivo, a la escucha...
Parece oportuno recordar el pensamiento de
Miguel Unamuno:
“No creo en más revolución que en la interior, en la personal, en el culto a la verdad.”