¿Democrácia de ETA y democrácia de la Constitución? Wilfredo Espina24/03/2006En el fondo de lo que se llama
“nuevo escenario” creado por el gesto de ETA hay un choque frontal. Ahora político-jurídico, que afortunadamente parece destinado a substituir al de la violéncia. Ya es un paso importante este cambio de terreno de juego, siempre que se confirme que va en serio y que detrás no seguirán estando intactas las pistolas –como están- tutelando las demandas etarras en una possible negociación. El choque, o enfrentamiento, en este caso sería incruento –¡ojalá!, sin víctimas-, pero seguiría, o seguirá, siendo radical. Los dos comunicados de ETA reclaman insistentemente
“la democrácia”, y las
“vias democráticas” para lograr sus conocidos objetivos. El Gobierno y los partidos políticos hablan también de democrácia, y de vias democráticas para todo hipotético proceso negociador ¿sobre aquellos objetivos?. ¿Es que hay dos democrácias y dos vías democráticas: la de los etarras y la constitucional? Esta es y seguirá siendo el fondo de la cuestión, aunque haya una tregua
“permanente” de la violéncia. A parte de la ambigüedad de la palabra
“permanente”: cuando alguien va a la peluquería a hacerse la
“permanente” sabe que ésta no es definitiva, y que deberá volver al cabo de un tiempo. No confundir los términos.
El choque, aunque sea en el terreno de ausencia de violencia –¡bien benida sea!- se producirá, pues entre las dos ideas de
“democrácia”: la etarra y la de la Constitución.
No parece que las dos coincidan, ni puedan coincidir. Ni como objetivo, ni como punto de partida, ni siquiera como camino para la
“pacificación” y resolución del llamado
“problema vasco”. Resulta difícil vislumbrar un punto de arranque o de encuentro para el verdadero “inicio del principio del fin” del conflicto. Alguna de las dos concepciones de
“democrácia” habrá de ceder ante la otra. Como ETA considera irrenunciables sus objetivos soberanistas, por los que tanta sangre ha derramado, y para garantizar la consecución de los cuales no entrega aún las armas, ni lo anuncia, todo apunta que, en esta situación o escenário, algún “precio político” habrá que pagar; y un “precio político”, en este caso, no parece pueda ser otro que alguna renuncia substancial (que dificilmente podrá ya ser encubierta) por parte de la democrácia constitucional.
Es decir, el actual Estado de derecho, que conforma la democrácia en que vivimos, votada por la soberanía popular de los españoles, puede verse amputado en alguna concesión (“precio político”); por tanto nuestra democracia cedería, de alguna manera, a la pretendida “democrácia” reclamada por los terroristas. El “precio político” –dificilmente evitable si se negocia- significaría como reconocer que no estamos aún “en democracia” o que se renuncia a parte de ella para satisfacer a la pretendida y reclamada “democrácia” etarra ...que así vendría a “subsanar” la que tenemos.
Quizás estremos en tiempo de no violéncia -¡bienvenido sea!-, de lo que no saldremos indemnes probablemente es del choche frontal de dos concepciones y realidades políticas, jurídicas y vitales antagónicas. Es la hora de la verdad. Y de los políticos de talla.