El Muy Honorable ImprudenteWilfredo Espina10/03/2006Juego de palabras, pero no un simple juego de palabras. En un confuso malabarismo de equilibrios semánticos y conceptuales, sobre el papel al menos, Cataluña está ya reconocida como
“nación”, según se desprende de la última redacción del preámbulo del Estatut, aprobada en la Ponencia conjunta del Congreso y del Parlament. Se ha producido un cambio substancial -
“un vuelco histórico”, al decir de un eufórico
Artur Mas- respecto del texto que se barajaba anteriormente. Y Nada menos que el Muy Honorable President del Parlament catalán, acaba de presentarse en Estados Unidos, como
“representante de la nación catalana”, gesto que, dada su alta personalidad institucional, es precipitado e imprudente, incluso contraproducente al dar armas a sus adversarios en pleno debate del texto estatutario. ¿Cómo
Zapatero o
Rubalcaba podrán desmentir a
Rajoy, afirmando que no se ha aprobado la
“nación” catalana, si el propio President del Parlament de Catalunya, Ernest Bench, ya se presenta oficial e internacionalmente como su representante?
En aquel primer texto, según las versiones publicadas, se decía que
“el Parlament de Cataluña, recogiendo el sentimiento y la voluntad de ciudadanos y ciudadanas catalanes, ha definido de manera ampliamente mayoritaria a Cataluña como una nación. La Constitución, en su artículo segundo, reconoce esta realidad nacional de Cataluña como una nacionalidad”. ¿En qué consiste el cambio actual?
Pues que ahora en lugar de decir que el Parlament recoge el sentimiento y la voluntad
“de ciudadanos y ciudadanas catalanes” –“de”, pero no
“de los”- se afirma que este sentimiento y esta voluntad són los
“de la ciudadanía catalana”. Por tanto, no de unos –muchos o pocos- ciudadanos y ciudadanas, sino
“de la ciudadanía catalana” en general, de toda la ciudadanía. Y se añade seguidamente que
“la Constitución, en su artículo segundo, reconoce la realidad nacional de Cataluña como una nacionalidad”. Es decir,
“la ciudadanía catalana” se ha
“definido” legalmente, a través del Parlament, como “una nación” y la Constitución reconoce esta
“realidad nacional” (nación) si bien la llama “nacionalidad”. Por tanto, la realidad es la “nación”, la denominación “nacionalidad” y la manera como ejerce su autogobierno
“comunidad autónoma”. Esto último se deduce del primer artículo del nuevo Estatut (que es prácticamente el mismo que el vigente de 1979) que considera a Cataluña como
“una nacionalidad que ejerce su autogobierno constituida como comunidad autónoma”, lo que indica que lo de
“comunidad autónoma” es secundario ya que se refiere a la manera de “ejercer” su autogobierno por parte de una “nacionalidad” que es la palabra como es “reconocida” esta “realidad” de “nación”. Y por si hubiera alguna duda, es sabido que el preámbulo es la fuente auténtica de interpretación del articulado.
Por tanto, estamos ante una forma rocambolesca de decir disimuladamente lo que disponía, con más claridad y sin maquillaje, el texto del Estatut salido del Parlament de Cataluña el 30 de septiembre:
“Cataluña es una nación”. Por esto
Artur Mas exclamó que
“este es un gran día”, mientras el celoso y más directo Carod-Rovira, que prefería menos circunloquios para decir lo mismo, había afirmado que
“no es un día grande”, y , como el PP , pero por razones contrarias, ha votado en contra. ERC considera –no sin razón- que con esta redacción confusa se desvirtúa el concepto de
“nación” tal como lo aprobó el Parlament para definir a Cataluña; mientras que el PP argumenta que esta confusa redacción del texto no oculta un real reconocimiento de Cataluña como
“nación” , lo que -en su opinión- le sigue haciendo inconstitucional.
Estamos, pues, ante un nuevo paso de notable tascendencia, pero de claro doble filo. Por un lado, esta interpretación de reconocimiento real de
“nación” constituirá una nueva plataforma para poder reivindicar desde ella la soberanía y la autodeterminación. Y, por otro, dará nuevos argumentos a quienes sostienen que se trata de una reforma encubierta, con nocturnidad y alevosía, de la Constitución para acudir al Tribunal Constitucional.
Es decir, una interpretación literal y restrictiva, en el sentido de que se desvirtúa lo que aprobó el Parlament de Cataluña, quitándole su autèntico sentido al concepto de
“nación”, que es el que pedía la masiva manifestación de Barcelona, puede dar pié a nuevos movimientos reivindicativos. Y una interpretación jurídica extensiva –que parece desprenderse del texto aprobado- aumentará la alarma y la protesta de los antinacionalistas y de los no nacionalistas. La radicalización política y social parece servida.
Quizás la primera redacción, vistas las encuestas y las reacciones, era sociológicamente más rigurosa y política y jurídicamente más prudente. Pues, ¿de verdad se puede sostener que todos o la gran mayoría de ciuidadanos catalanes (los “que viven y trabajan en Cataluña”, según la definición oficial) sienten Catalunya como “su” nación?. Y establecerlo así política y jurídicamente ¿no se entenderá como una imposición abusiva? Prescindir de la realidad de las cosas (que según Balmes es la “verdad”) no facilita la convivencia ni que mengue la crispación. Cierto que el nacionalismo catalán tiene un peso importante y aún más el catalanismo (no nacionalista), y que Catalunya objetivamente tiene elementos propios de nación. Pero ¿acaso no es Cataluña un país plural, con gentes de diferente pensar y sentir sobre este hecho? ¿O es un país compacto y homogéneo en este sentido? Aquí está el meollo real y actual de la cuestión, por más circunloquios semánticos y conceptuales con que se pretenda enmascarar. Todo este juego de manos con las palabras para satisfacer a una parte importante de la Cataluña plural, ¿no significa ignorar a la otra parte, no menos importante, e imponerle el criterio de aquella? Repito que aquí está el meollo de la cuestión.