MilosevichAgustín Jiménez
14/03/06Quedan más correteando, pero policías de diverso pelaje habían capturado a tres iconos de la infamia:
Sadam Husein, Pinochet y
Milosevich. Como en una película de terror, al último se lo ha tragado definitivamente el infierno, donde a lo mejor le piden cuentas los miles de seres que él ajustició, ciñéndose al guión que se le había asignado desde la eternidad. .Inmediatamente después de su deceso, su suicidio o su asesinato, han empezado a llegar mensajes de condolencia. Los mayores criminales tienen hermanos, hijos, esposas que los aman y añoran. Se han celebrado en su honor manifestaciones fervorosas y un ministro de la siempre democrática Rusia ha declarado que no se fía de la gente de La Haya. Anda, y nosotros tampoco. Pero mucho menos nos fiamos de la Rusia de Putin, la de la mafia, la corrupción y Chechenia, y de los serbios que siguen celebrando la limpieza étnica. En un libro que ya no se recuerda pero que fue lectura corriente hace unas décadas,
Erich Fromm explicó que, para que Hitler se despeñara por donde lo hizo, fue necesario que muchos alemanes se volvieran locos. Y Milosevich no fue el único monstruo de los Balkanes. Tenía, sin ninguna duda, un pueblo de monstruos que lo jaleaban. Él hizo lo que le correspondía hacer a un gran líder de verdugos. Su muerte, a trasmano en una cárcel aséptica de la angustiosa Holanda, soluciona un problema administrativo pero no arregla nada. Hoy día los serbios siguen protegiendo a sus genocidas más selectos. Y ¿qué otra cosa pueden hacer?
Como tampoco parece que puedan hacer otra cosa los españoles, un hatajo de imbéciles contra imbéciles, que cada día hacen todo lo posible para odiarse un poco más entre sí. Llevan dos siglos en guerra civil y no tienen bastante. ¿Qué pueden reprochar ellos a Milosevich? Hace justo dos años que
José Luis Rodríguez Zapatero organizó un atentado horroroso para, al módico precio de 191 víctimas inocentes, hacerse con el poder. O quizás el atentado lo organizó el oscuro
Aznar o lo planificó
Rajoy con la energía que se le reconoce. Ni siquiera Acebes pudo ser tan torpe para no apreciar las alarmas que sonaron. Así que la masacre, en la que indudablemente colaboraron los cuerpos de seguridad controlados por el Gobierno, pudo que ser una maquinación del Partido Popular. Algo se le fue de las manos y, en rueda de prensa,
Zaplana se despidió del sillón soltando un error gramatical de esos en que sólo incurre la gente más inculta. Aunque en ese momento el cielo se puso azul, o rosa, porque apareció Zerolo dando besos a los nuevos ministros. Para entonces Milosevich ya estaba en chirona pero el odio seguía creciendo. Todavía sigue.
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