El trabajo de ser mujerGabriel María Otalora08/03/2006
Las mujeres siempre lo han tenido más difícil que los hombres. Es la historia interminable de la necesidad de reivindicarse como sujeto de los mismos derechos y obligaciones que sus congéneres masculinos para no sentirse personas de segunda. Sólo muy recientemente las grandes diferencias han disminuido en ésta nuestra pequeña parte del mundo, a base de muchos sacrificios y renuncias aunque se mantienen algunas lacras como la violencia de género, la precariedad y la tasa de paro femenino, muy por encima de la media del desempleo masculino.
En pleno siglo XIX,
Concepción Arenal (“
No puede llamarse armonía al silencio de la mujer”), su marido
Fernando García Carrasco,
Victoria Kent o
Emilia Pardo Bazán ya criticaban las consecuencias injustas de tener a la mujer dentro del hogar en permanente minoría de edad.
Un 8 de marzo de 1908, cuarenta mil costureras se declararon en huelga, muriendo 129 de ellas cuando los dueños prendieron fuego a la fábrica. La ONU mantiene su recuerdo al elegir la fecha como Día Internacional de la Mujer. Pocos años antes, Olimpia de Gougues había redactado su Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana (1791) en respuesta a una declaración de los miembros del sexo contrario, ante lo cual, los garantes de la Revolución Francesa pasaron de su máxima
“libertad, igualdad y fraternidad” guillotinando a Gougues.
Si la condición de mujer unida a de proletaria ya era una fatalidad, la cosa se agravaba en cuanto esposas abandonadas, madres solteras o viudas. Esta situación impulsaba a muchas de ellas a entregarse al alcoholismo y la prostitución. En la zona de la burguesía, la mujer quedó al mando de los quehaceres domésticos sin posibilidad de desarrollar sus capacidades o ejercer derechos que solo correspondían por ley al marido; una realidad hasta la Constitución de 1978.
El siglo XX de los grandes avances, no evitó que en el mundo continuasen arraigadas la discriminación y la violencia hacia lo femenino. Si nos asomamos al Tercer y Cuarto mundo, la situación de la mujer es de una injusticia insostenible, una vergüenza para la especie humana del siglo XXI. Pero allí lejos, es un problema menor porque se mueren de hambre y de sed, de indiferencia del Primer Mundo, aplastadas por cargas de trabajo inhumanas, en silencio.
En torno al 8 de marzo, mi solidaridad con tanto sufrimiento por el hecho de ser mujer.