Más ridículas
Curri Valenzuela09/03/06Además de ser más capaces de expresar nuestros sentimientos, más responsables, más dotadas para hacer dos cosas a la vez e incluso más listas, las mujeres tenemos otra ventaja sobre los hombres que a veces nos hace perder el tren de eso que ahora se llama la paridad: la facilidad de hacer el ridículo a la hora de reivindicar que queremos ser iguales.
Basta ver las imágenes de la vicepresidenta
Fernández de la Vega y otras altos cargos del Gobierno ataviadas como envasadoras de anacardos en Mozambique para comprobar que, efectivamente, para reivindicar la igualdad de las mujeres africanas en fecha tan señalada como el 8 de marzo nuestras representantes hicieron algo a lo que nunca se hubieran prestado un vicepresidente y un par de secretarios de Estado del sexo masculino: posar sonrientes luciendo un disfraz de personas de su mismo sexo supuestamente oprimidas.
De la misma manera que los hombres importantes no se disfrazan de mayordomo para servir copas en la barra de ningún rastrillo benéfico, las mujeres que quieren ser consideradas iguales no deberían prestarse a colocarse cofia y delantal con ese motivo, o a reunirse por docenas con su líder político (hombre, por supuesto) para aplaudirle, en mítines que asemejan a aquella costumbre que implantó
Jesulín de Ubrique de encerrarse en una plaza de toros con seis novillos y un público totalmente femenino. ¿Alguien se imagina a
Angela Merkel como protagonista de un acto en el que solo estuvieran presentes hombres? Llegadas a este punto de nuestra historia, donde las leyes nos conceden la oportunidad de ser tratadas igual que a los hombres, a algunas mujeres españolas aún les queda pendiente la asignatura de comportarse en público igual que ellos, aunque sea para demostrar que no se discriminan a sí mismas.
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