Si los políticos mienten...Wilfredo Espina07/03/2006Si nuestros políticos mienten y engañan –como ellos mismos dicen-, ¿qué confianza pueden tenerles los ciudadanos? Es vergonzante e imparable el chaparrón de descalificaciones públicas que se cruzan unos a otros por “mentir” y por “engañar” a la ciudadanía y a los parlamentos. ¿Y estos son los que luego nos propondrán sus programas de gobierno y nos pedirán el voto? ¿Con qué autoridad política y moral podrán hacerlo si ellos mismos se descalifican con acusaciones tan graves? Sólo unas muestras. El portavoz de ERC,
Joan Puigcercós, ha acusado al presidente de CiU,
Artur Mas, de
“mentir y engañar a los ciudadanos” sobre el alcance de su pacto con
Zapatero en el modelo de financiación en el nuevo Estatut. El diputado del PPC,
Santi Rodríguez, ha asegurado que el conseller primero,
Josep Bargalló,
“ha mentido al Parlament” sobre una financiación a la empresa Infovaléncia. Y en el plano nacional, mientras
Aznar afirma que él no negoció con ETA, Pepe Blanco, en nombre del PSOE, le replica que miente. Por su parte, Zapatero prometió apoyar el Estatut salido del Parlament y luego lo está recortando por todos lados. La lista podria ser larga y cada dia se incrementa. Y seguirá.
Asñi, la imagen de credibilidad de nuestra clase política está por los suelos gracias a sus propias confesiones públicas. Es notorio que no todos los políticos son iguales, que no todos son así, por suerte de la Política en mayúscula.. Pero el retrato que muchos de ellos mismos se hacen y proyectan , explica que como colectivo, como “clase”, aparezca poco menos que despreciable a la opinión pública. Y sería ofensivo para todos que alguien recurriera al tópico de que “cada país tiene los políticos que se merece”. Porque ni la ciudadanía española ni la catalana, que pruebas reiterdas dan y han dado de su madurez en la vida normal y en momentos críticos, se merecen unos representantes que les “mientan” y les “engañen”, según sus propias palabras.
No es, por tanto, de extrañar que tan mala valoración obtenga la llamada “clase política”, en general, en los distintos sondeos de opinión. Ni que la gente muestre un desapego creciente a la política, incluso sabiendo que las decisiones de los políticos repercuten en su vida cotidiana. Y menos aún, que las generaciones jóvenes, generalmente idealistas pero no tontas, renieguen de la política. Si lo que convence y arrastra es el ejemplo y no las palabras, como nos recuendan los pedagogos, ¿qué ejemplos a creer y a imitar encuentran los ciudadanos en la parte más ostensible y ruidosa de la “clase política”?
Y, lo que quizás es aún más grave, eso ocurre sin que a estos políticos que mutuamente se descalifican como “mentirosos” y “engañosos” se les caiga la cara de vergüenza, sientan arrepentimiento, pidan perdón y se vayan. Y sin que las élites de la sociedad, de todos los sectores y niveles – ni siquiera los famosos “intelectuales” que están en todos los manifiestos y en todas las salsas- salgan a denunciarlo públicamente y a pedir cuentas a nadie. ¿Qué ocurre?
Aquí todo el mundo alardea de demócrata –venga a cuento o no- y casi nadie reclama más moralidad política y social, que es el fundamento de la democracia. Excepto la mayoría silenciosa que, amedrantada por políticps y medios de comunicación que imponen “el pensamiento único” que conviene a cada momento,, se encierra en su silencio, y susurra por las esquinas su asco y su malestar. Esta mayoría a la que todos piden su voto, pero a la que se acalla con mentiras, engaños, pan y circo, cuando no se le corre a palos desde el Boletín Oficial del Estado o de cada Comunidad Autónoma. Si no otra cosa, lo mínimo que se puede hacer es denunciarlo en voz alta para que la presión de la opinión pública obligue – aunque sea por vergüenza- a una regeneración y saneamiento de la “clase política”. Para que se deje de hacer politiquería y se haga Política.