Perversidades a domicilioLuis del Val
06/03/06
Hay personas malvadas de la misma manera que existen personas buenas, sin necesidad de que hayan tenido un padre alcohólico, una madre tarasca o un abuelo ladrón. Lo que ocurre es que el encuentro con la bondad, aunque no sea demasiado frecuente, nos parece algo que forma parte del protocolo, mientras que la maldad nos sorprende como si se tratara de algo extravagante. Los que nos dedicamos al viejo oficio de narrar nunca tendremos imaginación suficiente para superar las vilezas que ocurren en la casa de al lado, nunca podrá nuestra fantasía alcanzar las cotas de iniquidad a las que llega un verdugo. Y de la misma manera que los ladrones no van por la calle con visera a cuadros, antifaz y una linterna sorda, tampoco los sayones llevan un hacha en la mano y se cubren la cabeza con un papahígo.
Los verdugos suelen ser personas de trato amable en la escalera, aunque se dediquen a torturar a una criatura de cinco años, porque los torturadores no son estúpidos y saben que, lo más probable es que un señor notario de cincuenta años no se dejara torturar. A las niñas de cinco años, en cambio, es fácil torturarlas. Y se asustan enseguida. Y lloran. Y no pueden defenderse. Por eso, en caso de que uno note síntomas de que es un torturador en potencia, en el momento en que sea evidente para él que no es un ciudadano como los demás, sino un tristísimo hijo de puta que goza haciendo sufrir, lo aconsejable es elegir niños de cinco años, porque los bebés no racionalizan el sufrimiento, aunque hay atormentadores que prefieren los bebés, porque además de no defenderse no pueden hablar.
Hace unos años, leí el caso de una pobre víctima de seis años a la que el martirizador le había cortado la lengua para que no le pudiera denunciar. Parece que nuestro torturador de moda no llegó a ese refinamiento. Pero ya tendremos noticias. La perversidad más infame sucede siempre al lado de casa.
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