El Espejismo Francisco Mora
03/03/06
La liquidación de las cuentas públicas de 2005 con un superávit fiscal del 1,1% del PIB es una magnífica noticia, pero no hay que echar las campanas al vuelo cuando ese superávit se debe casi en exclusiva a la marcha excelente de las cuentas de la Seguridad Social. El conjunto de las restantes administraciones públicas, Estado, comunidades y municipios, no han demostrado tener más disciplina en el gasto ni ser más eficientes en la gestión de los recursos que reciben.
La Seguridad Social vive una etapa dulce, gracias a la masiva incorporación de nuevos afiliados. Desde el año 2000 se han creado más de tres millones de puestos de trabajo y a la Seguridad Social se han incorporado tres millones de cotizantes, con lo que sus ingresos anuales tocan ya la cifra histórica de cien mil millones de euros, pese a que muchos de los nuevos sean emigrantes con suelos modestos o contratos temporales. Pero el momento dulce no va se eterno, ni siquiera muy duradero, pues ya se está superando el efecto Vladimiro (el bache de nuevos pensionistas consecuencia de la baja natalidad durante la Guerra Civil) y algunos de los nuevos afiliados empezarán también a percibir prestaciones. El ritmo de incremento de los gastos pronto será claramente superior al de los ingresos.
Hoy hay más de dieciocho millones de afiliados ocupados en la Seguridad Social frente a ocho millones de pensionistas, lo que deja una relación confortable entre activos y pasivos, pero los pensionistas van a aumentar a mayor ritmo que los afiliados y además van a vivir más años, por lo que no es alarmismo injustificado pensar que a medio plazo, si no se controla el gasto, habrá un agujero financiero grave.
Algunas de las soluciones a ese problema son de libro. Primero, lograr una mejor proporción entre lo cotizado y la prestación que se recibe, lo que implica ampliar el número de años para calcular la pensión, y si es a toda la vida laboral, mejor. Luego, retrasar la edad de jubilación, en paralelo con la mayor esperanza de vida, que se duplicó el siglo pasado. Además, propiciar el cambio hacia un sistema mixto de pensiones.
Para lograrlo basta con profundizar en las directrices marcadas en el Pacto de Toledo, alcanzado por todos los partidos del arco parlamentario en febrero de 1992 y renovado por cinco años en octubre de 2003, pero hoy no hay conciencia de reforma y a los políticos les gusta aparcar los problemas que no son acuciantes, aunque la táctica del avestruz casi siempre termina con un problema agravado que necesita soluciones más dolorosas. Vivimos en pleno espejismo y, tal como van las cosas, para el futuro de una Seguridad Social segura ésta puede ser una legislatura en blanco.
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