23-FRafael Torres22/02/06El fracasado golpe del 23 de febrero de 1981, del que hoy mismo se cumplen 25 años, fue el último episodio del largo forcejeo entre las dos tendencias del último franquismo, la inteligente y la necia, esto es, la que, sabedora de que tras la muerte del sátrapa, su tinglado sólo podía sobrevivir adaptando formas democráticas, y la que, habiendo conquistado el poder en las trincheras arrebatándoselo violentamente al Estado legítimo, sentía vértigo ante cualquier transformación, pues, en puridad, sólo sabía vivir matando (el derecho, las libertades, la disidencia, la modernidad, la democracia, a las propias personas...).
La primera de esas familias o tendencias encargó a un grupo de jóvenes falangistas que no habían participado en la Guerra (
Suárez,
Martín Villa...) dirigir ese proceso que dio en llamarse Transición, y que luego vimos, por su duración interminable, que era un fin en sí misma y no un medio de volver de la dictadura a la democracia.
El otro sector del Régimen, el de los militares y civiles de la carnicería del 36-39 marcados por su estigma, aquello que en la época se llamó
"el búnker", reaccionó ante la imparable reforma del Estado emprendida por la UCD con el consenso de la izquierda, de la única manera que sabía reaccionar, tomando el atajo de la violencia para evitar el engorroso refrendo de las urnas, que es lo mismo que había hecho la Falange, por cierto, tras las últimas elecciones democráticas y libres, las de febrero de 1936, en las que no sacó ni un sólo diputado en todo el territorio nacional.
A los 25 años de aquello, de la victoria por los pelos del sector democratizante, lograda en buena medida por la valiente determinación de los subsecretarios, acaso no convenga seguir incidiendo en los aspectos cutres y anecdóticos de aquél golpe, y sí un poco más, en cambio, en aquellos que revelarían la naturaleza y la extensión reales de la trama, y también, por qué no, para saber qué jirones dejó la democracia incipiente en aquella alambrada. Hay algo, empero, que no varía con el paso del tiempo: la admiración ante el valor personal de don
Adolfo Suárez y de don
Manuel Gutiérrez Mellado frente a los terroristas, que les legitimó como los demócratas de verdad que antes nunca habían sido.
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