Crisis en la balanza comercialFrancisco Mora
14/02/06
Desde hace años la economía española tiene un cáncer, cada vez más grave, que se llama comercio exterior. Su déficit se ha disparado en los dos últimos años, aumentando un 60% por un crecimiento de las importaciones que triplica al de las exportaciones. El agujero, que sumó 77.000 millones de euros en 2005, responde a una combinación de factores, que pueden ser coyunturales, como el fuerte aumento del precio del petróleo y el bajo crecimiento en la zona euro, principal destino de las ventas españolas, al tiempo que nuestra demanda interna crece más del 5% y exige más productos importados, pero que también tienen un componente estructural: somos menos competitivos.
El problema se llama mercados ineficientes e innovación escasa y eso se traduce en una baja productividad, con la que emerge el circulo vicioso de la economía: se erosiona la capacidad competitiva y hay más inflación, y tras ello viene ese creciente y agobiante déficit comercial, ya alcanzado, y está por venir un menor crecimiento y más paro.
El déficit comercial recortó en 1,9 puntos el crecimiento económico de 2005, dejándolo en un 3,4%, y eso supone que estamos creando puestos de trabajo fuera, a costa del empleo español. Para evitarlo, se necesitarían reformas estructurales que reduzcan la inflación y políticas económicas que impulsen el desarrollo tecnológico y la innovación, mejorando así la productividad y la competitividad.
Como política de choque, lo único capaz de lograrlo a corto plazo es un descenso de los precios de los bienes y servicios, lo que implicaría una congelación de salarios o que crezcan muy por debajo de la inflación. Políticamente es imposible. Por eso hay que plantearse una política más a largo plazo, que potencie el capital humano y tecnológico y supere nuestro manifiesto retraso en la implantación de la sociedad de la información.
Pero ¿qué está ocurriendo? Pues que seguimos anclados en ese viejo patrón que consiste en fiar la mayor parte de nuestro crecimiento al consumo y a la construcción, algo que con el tiempo acaba siendo como la carcoma. Un modelo de crecimiento que hace tres años era denostado por los que hoy dictan la política económica, pero que ahora siguen anclados en él. Si no somos capaces como otras economías avanzadas de atraer inversiones y clientes extranjeros, impulsando políticas que generen ventajas suficientes, en términos de calidad y conocimiento, veremos como la carcoma acabará afectando a las vigas maestras sobre las que descansa la prosperidad actual.
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