Manipular la historia Fermín Bocos24/02/06
Los republicanos avanzan. Los monárquicos institucionales ceden. En aras del consenso, en el aniversario del golpe de Estado del 23-F, los representantes de dos partidos con representación parlamentaria minúscula como son Esquerra Republicana de Catalunya y Eusko Alkartasuna consiguieron que la declaración institucional del Congreso de los Diputados difuminara el papel del Rey
Juan Carlos en aquella crucial jornada. Al diputado
Joan Tardá le parecía
"caduco" reconocer el papel determinante del Rey a la hora de abortar la intentona golpista. No me sorprende que el señor Tardá diga y proponga estas cosas.
Hace unos meses estuvo en Marruecos y dijo que el Gobierno español tenía que pedir perdón por la Guerra del Rif. No aclaró si habría que ampliar el recorrido del perdón por la victoria de su paisano el general
Prim y Prats en los Castillejos o si, también, habría que pedir perdón a los turcos por las escabechinas de los almogávares.
Ya digo que lo que diga Tardá es congruente con la figura de Tardá, pero lo que no acaba de cuadrar es que fuera secundado por quienes fueron secuestrados por
Tejero y sus guardias y no recuperaron el resuello hasta que el Rey salió por la televisión y dijo lo que todos recordamos, que el golpe iba contra la Constitución.
Es una verdad comúnmente aceptada que al actuar con la determinación que lo hizo, el Rey logró desenmascarar las insidias tejidas por algunos de los militares golpistas -caso de los generales
Armada y
Milans del Bosh-, contribuyendo de manera decisiva al fracaso del golpe. Así lo recogen ya los libros de Historia de España.
Puedo entender que, en su condición de presidente de las Cortes,
Manuel Marín haya tenido que ponderar la situación dándole más valor al consenso, a la declaración firmada por todos, que a lo que, a mi modo de ver, debería haber sido el principal empeño: decir lo que en verdad pasó. Quienes vivimos aquel día peligrosamente, recordamos los hechos con nitidez y sabemos que sin la decisiva intervención del Rey el golpe podría haber triunfado. Alguien debería explicárselo al señor Tardá, ciudadano del que, por cierto, no se recuerda ninguna intervención heroica para salvar la democracia en aquella ominosa jornada del 23 de febrero de 1981. Revisar la historia cuando sus protagonistas aún están vivos supone una osadía intolerable. La falta de coraje político de quienes lo permiten tiene otro calificativo. En fin, vamos a dejarlo aquí que estamos en Carnaval.
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