23 F ¡Qué tarde la de aquel día!
Rosa Villacastín
21/02/06Han pasado veinticinco años desde que
Antonio Tejero y los suyos asaltaron el Congreso de los Diputados. Veinticinco largos años y sin embargo parece que fue ayer, para quién tuvo la fortuna de presenciar in situ el secuestro, pistola en mano, de la clase política española que hizo posible la transición. Un acontecimiento que de no haber sido grabado por las cámaras de Televisión Española, muchos habrían olvidado, como se han olvidado otros episodios de la Historia reciente de nuestro país que conviene recordar, aunque sólo sea de vez en cuando, para evitar que este tipo de situaciones vuelvan a repetirse.
Eran las seis y cuarto de la tarde de aquel 23 de febrero de 1981, cuando llegué al Congreso de los Diputados. Nada, ni un gesto, ni un movimiento de coches o guardias civiles, hacía presagiar la que se nos vendría encima cinco minutos después. Tan tranquilo estaba todo que cuando al traspasar la puerta de acceso al interior del Congreso y me encontré con el periodista
Julián Lago, le invité a tomar café a la espera de que terminase la votación que se estaba celebrando en el hemiciclo. No habíamos dado dos pasos cuando otro compañero
Raimundo Castro, nos dijo:
"al suelo, al suelo, que viene la Guardia Civil dando tiros!". Un grito que no habíamos tenido tiempo de digerir cuando un pelotón de guardias civiles, con un paisano al frente, empezaron a saltar por encima de nuestras cabezas. El resto es conocido por todos ustedes. Son imágenes que hemos visto repetidas un millón de veces, pero ninguna de ellas refleja el miedo que sentimos todos y cada uno de los que estábamos allí, esa histórica tarde.
No olvidaré nunca la cara de
Adolfo Suárez, entre contrariada y altiva, que demostraba bien a las claras hasta qué punto intuía que algo así pudiera suceder. Es más, creo que lo esperaba, aunque nada pudo hacer por evitarlo, una vez que todos los demonios se habían conjurado contra él para arrancarle de la Moncloa.
Ni la cara de pavor de
Juan María Bandrés, o el cogote de
Santiago Carrillo, tenso, rígido, de quién espera que de un momento a otro vayan a buscarle. Tampoco el gesto de gallardía de
Antonio Jiménez Blanco, presidente del Consejo de Estado, quién al saber lo que estaba ocurriendo en el Congreso, pidió que le dejaran entrar porque quería correr la misma suerte que sus compañeros. Ni cuando un alto mando destripó unas butacas para hacer antorchas porque temían que desde fuera alguien pudiera cortar la electricidad.
Fueron momentos de angustia, de temor, no exentos de comicidad pues pronto nos dimos cuenta de que aquello era un disparate de tal calibre que no podía prosperar. Fue también el ejemplo más claro de que cuando se tensa mucho la cuerda política esta se puede romper.
Los motivos que esgrimieron los golpistas para justificar su fechoría son muy parecidos a los que hoy esgrimen los más extremistas: el proceso autonómico pone en peligro la unidad de España, el terrorismo etarra es una lacra que hay que exterminar, y el presidente Suárez -el político que legalizó el PCE, e hizo posible el estado de las autonomías-, un personaje al que había que arrebatarle el poder, por peligroso.
Bien es cierto que el juicio contra los golpistas curó a los militares de sus ínsulas salvapatrias, pero no a los políticos que aspiran a conseguir el poder poniendo en grave riesgo la estabilidad democrática de nuestro país, cueste lo que cueste.
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