Credibilidad mejorableLuis del Val20/02/06
Un ministro francés ha pedido a los ciudadanos que coman carne de pollo e, inmediatamente, los franceses consumen ya la mitad de carne de pollo que consumían antes de la declaración del ministro. Parecidos porcentajes se registran en Alemania y en la mayoría de los países europeos. Si yo tuviera una granja de pollos intentaría convencer a mis compañeros para presionar al Gobierno español y que no le se le ocurriera a un ministro, a un subsecretario, ni muchísimo menos a un portavoz de La Moncloa, recomendar a los españoles que comieran carne de pollo. Como a cualquier ministro desavisado se le ocurra aparecer por televisión diciendo que tenemos controlada a la gripe aviar, y que comer carne de pollo es la decisión más sensata que podemos tomar, la ruina de los polleros está asegurada.
Esta credibilidad, manifiestamente mejorable, podría achacarse a la hipersensibilidad de los ciudadanos ante las cuestiones referentes a la salud o al alto número de hipocondríacos que sustenta el padrón. Pero es que la misma situación se repite en cualquier otro campo menos sensible. Como a algún político se le ocurra decir que no hay peligro de quedarnos desabastecidos de patatas, pongo por caso, los administrados que le pagan el sueldo acaban con la existencia de patatas en el país, aunque en cada casa haya patatas para soportar que la ciudad esté sitiada durante meses.
En cualquier otra empresa privada, sea una dedicada a la industria a los servicios, estos índices de desconfianza por parte de los clientes provocaría reuniones de urgencia y análisis profundos para paliar la situación. Las empresas políticas, en cambio, estén en el Gobierno o en la oposición, asumen esta aprensión sin que les parezca que deban alarmarse. Gracias a la prevención de unos y a la imperturbabilidad de los otros, encuesta a encuesta, en Estados Unidos, por ejemplo, los políticos están peor valorados que los telepredicadores, y entre los estudiantes españoles la dedicación a la política no está calificada precisamente como la más respetable. En el fondo, en lugar de libre competencia, existe un oligopolio político, donde el cliente -el votante- no oculta su desconfianza. Se trata de una carcoma que corroe las bases de nuestro sistema, sin que a nadie se le ocurra recuperar la credibilidad. ¿Para qué? El monopolio del censo les hace sentirse seguros.
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