La catástrofeAgustín Jiménez
21/02/06Los cisnes que, en los próximos días, abandonarán los lagos de este mundo arrastrados por la fiebre de los pollos son trailers de nuevas películas de terror: ¿Se podrá consumir foie-gras? ¿Nos llevará a todos la peste? Pero otros muchos temas incitan a reflexionar sobre la eternidad. Una colada de barro ha sepultado a miles de filipinos. 65 mineros están atrapados en una mina de México. Si superan el encierro, tendrán que sortear a los enjambres de matones, narcotraficantes, ladrones y funcionarios corruptos que, según comenta la prensa de esta temporada, campan sin control en Latinoamérica. Hoy, como abundan las catástrofes naturales, reina una cierta atonía guerrera. Hay sequía de guerras, dado que estamos de acuerdo en que ni Irak ni Chechenia lo son. Tan sólo se prepara el terreno por si hubiera que organizar algo en Irán u orquestar una solución final en Palestina. De reserva queda el asunto de Corea, que lleva unos meses tan traspapelado como lo estuvo la gripe del pollo cuando se preparaba la campaña de ventas de Navidad. Las guerras son barbaridades en las que el hombre demuestra de verdad que aventaja a la naturaleza... Por eso muchos españoles considerarían irresponsable una paz sin vencedores y vencidos. ¿Qué churro de película sería eso? ¿Cómo explicar después a nuestros niños la diferencia entre el bien y el mal?
Un estudio sobre telediarios realizado por profesores universitarios acaba de confirmar lo que nos temíamos: lo que mejor tratan los periodistas y lo que más pone a los ciudadanos corrientes son las catástrofes, naturales, manufacturadas o inventadas. Una ola que se traga a una aldea de las antípodas tiene más morbo, según el estudio de marras, que cualquier noticia deportiva, aunque ésta sea tan fascinante como la amigdalitis de
Pau Gasol o el extravío en Barajas 4 de los esquíes de
María José Rienda. Es verdad que, cuando se publicó el estudio, aún no había hecho sus declaraciones
Ronaldo. Incluso, prosigue el estudio, los desastres son más atractivos que los insultos entre políticos. En un país de chismosos, envidiosos, cotillas, bocazas, chuletas y chusqueros, el comportamiento de nuestros políticos resulta tan anodino como ver llover. Y, en un telediario, la hora predilecta para visionar catástrofes, las groserías públicas que se transmiten sirven para ahorrar luz: se quita el sonido y se entienden igual. La catástrofe es otra.
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