El cooperadorRafael Torres
15/02/06La mitad de las mujeres asesinadas el pasado año habían denunciado las agresiones, incluso en reiteradas ocasiones, de sus verdugos, pero eso no las salvó, sino antes al contrario, de su furor homicida. Desde luego que el culpable es sólo uno, el maltratador, pero en el caso de esa mitad de víctimas mortales escandaliza la existencia de un cómplice o cooperador necesario que, por irresponsabilidad, frivolidad o negligencia, o por las tres cosas a la vez, colocó a esas mujeres, maniatadas e inermes, al pie de los caballos. Me refiero al Estado y a cuantas de sus instituciones compete garantizar la seguridad de los ciudadanos y, especialmente, la de aquellos en peligro cierto de perder la vida, cual el caso de las mujeres maltratadas en el ámbito cerrado y oscuro de las relaciones personales.
¿Cómo pudieron animarlas a denunciar a sus agresores sin arbitrar, paralelamente, las medidas de protección necesarias? ¿Quién ha de juzgar ahora la incompetencia de esas personas y organismos que abandonaron a las víctimas a la fatalidad de una muerte anunciada? Puede que sin haber denunciado a sus maltratadores, éstos hubieran acabado por arrebatarlas, igualmente, la vida, pero en otros casos es probable que la denuncia exacerbara la violencia con la cólera vengativa, de modo que cuando el criminal acudió a
'ajustarle las cuentas' a la víctima, no halló ésta el escudo protector, tan publicitado como inexistente, de la Justicia.
Bajo la pátina de la Ley Integral contra la llamada violencia doméstica o de género, y bajo el desgarramiento mediático de vestiduras, diríase que subyace la vieja percepción del asesino como un hombre ofuscado, arrebatado, víctima de alguna suerte de locura transitoria, un hombre normal en la línea del que defiende ese cura valenciano que dice que él mismo, de estar casado, lo mismo acabaría agrediendo a su pareja. Parece ignorar esa Ley, quienes la hicieron y quienes deben aplicarla, que el rufián que mata a su compañera o a la que lo fue algún día pertenece al género peor de los criminales, el de los que afilan constantemente su daga con la amoladora de la impunidad.
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