CarnavalJesús Nieto
10/02/2006
La lectura del periódico impreso, su cotidianeidad, rutinaria como símbolo de la continuidad de la propia existencia, está plenamente conformada por un cúmulo de sensaciones, táctiles y olfativas, que sugieren en el laboratorio de los sentidos, algo así como un acto que acogemos con el cariño de lo diario. El olor a tinta fresca y a papel de rotativa manoseado, ha conformado para muchas generaciones el punto inicial de la jornada. Si el olor a tinta y la fragancia de la información envolvían al periódico en el halo magnífico de divinidad y respeto, las tendencias panfletistas de la prensa han suscitado que el aroma del diario se haya pervertido, y del sublime olor de antaño, hayamos sucumbido ante el tufo agrio y biliar de la crispación política voceada en papel. La confrontación parlamentaria de la familia política en su conjunto, que amparándose en la ingenuidad del elector de esta monarquía que coquetea con la democracia, no hace más que retroalimentar el turnismo bipartidista.
Ante este teatro del absurdo, que cambia su función cada legislatura, aparecen formas inteligentes de expresión y pensamiento, y es una de las más lúcidas la carnavalesca, que en estas semanas en Cádiz vive momentos de máximo apogeo. El Carnaval irreverente, cáustico y mordaz, que como buen termómetro de las preocupaciones del ciudadano, asciende a las tablas del Gran Teatro Falla la problemática del día a día, del hambre y los tirachinas, de las reconversiones industriales y las insignificancias de los nacionalismos.
Y es que el gaditano, partero del liberalismo en España, con la calmada perspectiva del senequista y burlón espíritu andaluz, advierte los males de sus señorías, y entre murgas y comparsas es capaz de proponer un estatuto del sentido común a su nación.