La ausencia del presidente Rafael Torres
13/02/06 Se reprocha al presidente del Gobierno su ausencia en la inauguración del Congreso de asociaciones de víctimas del terrorismo que se celebra en Valencia, pero, en puridad, ¿qué acogida le habrían dispensado los que, como el señor
Alcaráz, vierten toda clase de infundios e insidias sobre su decisión de agotar todas las vías, incluida la del diálogo y el acuerdo, para erradicar la violencia etarra y conquistar la paz? Con el antecedente de lo sucedido en la manifestación que algunas de esas asociaciones organizaron en Madrid, donde el ministro de Defensa sufrió un conato de agresión física y menudearon los insultos más soeces, a viva voz y en pancartas, al propio
Rodríguez Zapatero, de nada habría valido su presencia física en el congreso de Valencia en semejante clima de hostilidad. El presidente, que ha obrado con buen juicio no prestándose al follón tumultuario que habrían organizado sus más virulentos debeladores, tiene, pues así se lo demanda la responsabilidad de su cargo, otras formas más eficaces de estar presente al lado de las víctimas del terrorismo, cuales son las relativas a la atención de sus necesidades de todo tipo y al afectuoso respeto que merecen del Gobierno y de la nación que representa.
Todo Gobierno tiene, no ya el derecho, sino la obligación insoslayable de buscar la paz y la concordia, a fin de garantizar a todos los ciudadanos el derecho a la seguridad, a la integridad y a la vida. Poco puede hacerse ya, lamentablemente, contra los horrores del pasado, pero sí mucho, en cambio, para evitar otros semejantes o peores en el futuro, de modo que esa voluntad del actual Gobierno merecería ser compartida por todos los españoles, principalmente por los que, como en el caso de las víctimas, han sufrido en sus carnes los desgarros del fanatismo, la sinrazón y la violencia. Por desgracia, la actitud sectaria y extrema del señor Alcaráz, que malbarata el sentimiento general de afecto a las víctimas al enrocarse en la estrategia de crispación de un sólo partido, no se compagina con esa voluntad unánime del pueblo español, o de los pueblos de España, de empezar a olvidar el espanto permitiendo, al tiempo y a un nuevo clima de paz, que hagan también su trabajo.
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