Mentiras y cintas de video Isaías Lafuente13/02/06
Brutal. Las imágenes de ocho soldados británicos apaleando a cuatro adolescentes iraquíes, maniatados, al resguardo de los muros de una instalación militar, han indignado al mundo. La paliza tiene el aderezo de los gritos jaleantes de quien graba la escena para la posteridad y de la actitud pasiva de otros soldados que entran en el patio mientras se producen los hechos, como si la circunstancia no les sorprendiese. 42 golpes en un minuto. No sabemos lo que pasó después con los chavales apaleados.
No nos acostumbramos al horror, aunque sea reiterado. La escena excita el recuerdo y las imágenes de la paliza de hoy activan otras -¿se acuerdan? - en las que un soldado americano remata a un ciudadano herido en la calle, con los mismos gritos de júbilo que hoy oímos, o las de un marine que hace lo propio en Faluya al grito de "
el jodido finge estar muerto", o la de varios soldados armados observando una trinchera en la que yacen varios cadáveres, uno de ellos con la bandera blanca en la mano. No olvidamos tampoco las imágenes de las vejaciones a los presos de Abu Graib, ni la cárcel de Guantánamo, ni la silueta amputada de Alí Ismail Abbas, el niño iraquí de 12 años al que esta guerra dejó sin brazos y sin familia. Daños colaterales.
Ya sabemos que la guerra es la guerra. Lo que pasa es que hoy también sabemos que esta guerra no tenía que haber sido, que se sustentó sobre razones - las famosas armas de destrucción masiva - que se han demostrado falsas. Ya sabemos que la guerra es la guerra, que uno no puede invadir pidiendo paso
"por favor", pero de ahí a lo que hemos visto va un abismo: el que separa la legalidad de la indignidad. Una guerra así ganada, es una guerra perdida.
La primera decisión del presidente
Zapatero fue sacar a nuestras tropas de Irak. Fue tachado de cobarde. Quienes decidieron quedarse ahora no saben cómo salir. Y cuando fueron puestos en evidencia en sus mentiras, nos explicaron que la invasión traería la paz y la democracia a la zona más caliente del planeta. Desde entonces la democracia ha llevado al poder en Palestina al integrismo de Hamás, Irak no se pacifica, Irán reta al mundo con su potencial nuclear, Al Qaeda ha golpeado eficazmente a Europa en Madrid y Londres, y el Islam se ha convertido en un sensible polvorín capaz de estallar por una caricatura.
Un desastre, sin paliativos.
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