La gran alcaldada Rafael Torres
10/02/06Al alcalde de Madrid le preocupa mucho la calidad del aire: por eso tiene la ciudad agujereada por cientos de obras cuyo polvo tóxico convierte la atmósfera en un magma irrespirable. Sin embargo, el señor Gallardón tiene una buena noticia para los madrileños que en 2008 consigan haber sobrevivido a ese delirante festín de constructores, contratistas y subcontratistas que tiene organizado, pues en esa fecha no permitirá que circulen por el centro los coches un poco antiguos, esto es, los coches normales de la gente modesta, porque contaminan mucho.
Algún mal pensado podría suponer que lo que le interesa de veras a ese señor, que tanto ha contribuido a tejer la boina negra de polución que cubre y asfixia la ciudad, es promover la compra de más coches, un tanto alicaída últimamente porque todo el mundo tiene ya uno como mínimo, pero, en todo caso, no se necesita pensar mal para pasmarse ante la arrogancia de ese ciudadano que está tan seguro de salir reelegido alcalde en las próximas elecciones municipales. Debe estar imbuido de la idea de que es más fácil engañar a los madrileños (la contaminación severa del aire ataca la mente y nubla el discernimiento) que a los del Comité Olímpico que fliparon cuando les pidió para su Madrid, pues en verdad parece que es suyo, la organización de la gran cuchipanda deportiva del 2012.
El 70% de la contaminación de Madrid, que ha hecho saltar todas las alarmas menos las del Ayuntamiento, procede de los coches, pero el señor Gallardón, el mismo que obligará a los residentes del centro a comprarse otro, permite la existencia en el casco histórico de un polígono industrial de cientos de almacenes al por mayor, de propiedad china en su mayor parte, con el correspondiente y descomunal tráfago de furgonetas viejas de gas-oil por sus calles angostas. También le gusta talar árboles a ese señor, y conceder licencias de obras particulares a mansalva, pero ello no empece para que reivindique también para sí el título de gran ecologista de la humanidad. Quién iba a suponer que una gran capital europea viviría, en el siglo XXI, en estado de alcaldada permanente.
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