La ¿enfermedad? de Raquel Rafael Torres03/02/06Incluso algunos de los aficionados al cotilleo, la murmuración, la maledicencia y las artes de portería creen que la industria del ramo está llegando demasiado lejos con la enfermedad de
Raquel Mosquera. Las imágenes que la muestran hablando sola en la ventana de una habitación de la unidad psiquiátrica a la que fue conducida tras sufrir lo que parece un ataque de pánico o de ansiedad, reproducidas constantemente incluso en los medios públicos de comunicación, constituyen en sí mismas, en efecto, un alegato durísimo contra ese género infecto que envilece a quien lo consume y, por extensión, a toda la sociedad, de modo que hasta algunos de sus habituales usuarios no han podido reprimir, ante ese tratamiento sórdido y brutal del dolor humano, las bascas de la repulsión. Sin embargo, no es ahora y en este caso cuando se ha llegado demasiado lejos: no bien se viola la intimidad del prójimo, no bien se rasga el halo de respetabilidad que nos protege, no bien se profana, poco o mucho, el ámbito de nuestra vida interior, se llega ya demasiado lejos, tan lejos que a menudo se hace imposible el retorno.
Pero las imágenes de Raquel Mosquera, que la exhiben víctima de una súbita y ojalá que pasajera afección mental, percuten particularmente acusatorias contra ese mercado que trafica y contrabandea, haciéndolo añicos, con lo más frágil de la condición humana: los errores, los traspiés, los sentimientos, las pérdidas, la soledad, los fracasos, las infidencias... y la enfermedad. De naturaleza reaccionaria, ese género que abole todas las normas del respeto para servir las desgracias ajenas como placebo que. supuestamente, alivia el insoportable come-come de la envidia y la frustración (los personajes son ricos y famosos, pero sufren como perros), parece asociar como en la Edad Media la enfermedad con el estigma, con el pecado, con una suerte de castigo de la Providencia, lo que unido al demenciado culto a la salud, a la juventud y a la belleza da como resultado la muerte de la empatía y hasta del último adarme de la compasión.
Mejore pronto, pues, Raquel Mosquera, que aquellos que se alimentan de su infortunio no han de mejorar, sino antes al contrario, jamás.
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