El rostro del Islam Carlos Carnicero03/02/06La llamada civilización occidental ha tenido una velocidad de crucero en su desarrollo cultural que le ha permitido alcanzar las actuales cotas de libertad, de respeto por la diferencia y de tolerancia entre pensamientos disímiles, antes que sociedades ancladas en otros principios esenciales. Cada tiempo histórico ata a las sociedades a umbrales que parecen inmutables y que se transforman por una evolución que necesita su propio transcurso. Sólo se pueden acelerar los procesos mediante la conquista y la imposición o mediante el convencimiento y el contagio.
Parecía que habían quedado atrás los tiempos de la ocupación y la conquista hasta que el presidente
George W. Bush y quienes comparten la teoría de la
'guerra preventiva', asentada en el unilateralismo, decidieron que se podían atajar los peligros e imponer los sistemas políticos homologables mediante la fuerza. En ese momento se cerraron muchas posibilidades de un acercamiento cultural entre civilizaciones que se han blindado frente a lo que consideran una agresión. El
'síndrome de Irak' ha radicalizado la situación política palestina y ha originado una crisis sin precedentes con Irán. El mundo islámico se siente agredido por Occidente y, en ese contexto, las chispas más pequeñas pueden hacer saltar polvorines inmensos.
Lo ocurrido con las caricaturas del Profeta publicadas por un diario danés y reproducidas por otros rotativos europeos es la constatación de esa diferencia de valores, manifestada de forma inaceptable mediante la amenaza y el chantaje. Pero que la respuesta sea inapropiada e inadmisible no justifica la profundización de la ofensa proferida. Aunque las creencias no sean compartidas no tienen por qué ser menospreciadas. El dilema entre libertad de expresión y censura, aplicado a manifestaciones injuriosas para credos distintos, es falso; la censura se aplica a informaciones relevantes para quien las recibe o a manifestaciones artísticas confrontadas con los usos cotidianos hasta constituirse en vanguardia. Pero si la ofensa consecuente al uso de la libertad afecta a más de mil millones de personas, el respeto por la diferencia debe aconsejar una prudencia y una moderación que sería insensato establecer como censura. Para la convivencia de culturas diferentes en tiempos históricos desiguales hace falta una gran corriente de diálogo que permita construir síntesis conciliadoras. La intransigencia también lo es cuando se quiere insistir en el ejercicio de un derecho legítimo cuyas consecuencias son desastrosas para todos.
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