Del patriotismo y otros demonios
Jesús Nieto 22/01/2006El insigne
Albert Einstein sostenía en la loca lucidez de su genialidad que el nacionalismo era la enfermedad más infantil del hombre; una suerte de sarampión infeccioso que el humano debía superar como un escalón más en el período de madurez. La puerilidad que el físico adjudicaba a las doctrinas nacionalistas, visten en banderas excluyentes a la clase política de hoy en día, que lejos de situar el reparto de riqueza o la paz mundial en la agenda de lo inmediato, vive por y para el apego atávico al terruño.
Este infantilismo de la política al que aludo cuando analizo el nacionalismo, apremia al usuario de esta corruptela denominada democracia a inquirirse si no es víctima de un secuestro de embrutecimiento masivo, que en última instancia viene a expresar aquella máxima de Groucho Marx en la que la política es la búsqueda de problemas, el diagnóstico falso y los medios erróneos para su solución.
La falsedad en las malas artes de lo político, habita de manera primordial en el
“modus operando” de la oposición popular respecto al nacionalismo, del que es deudora en tiempos de sequía el ideario derechista , puesto que no hay condición más populista de obviar un discurso huero que la defensa de una entelequia: la
“unidad de España” en cuyo altar, custodiado por espadones de nuevo cuño, Génova ora en maitines.
Sorprende que la insolidaridad catalana liderada por el
“cordobés” José Montilla (Iznájar, 1955), sea combatida por una noción franquista del mundo; un pensamiento cerrado en la apología de un patriotismo que lejos de morar en las despensas, los bolsillos y las pensiones de los ciudadanos, corre veloz por las entrañas del deslocalizado, transnacional y atroz sistema capitalista.