Seis chicos bienRafael Torres23/01/06El Ayuntamiento de Ayamonte anda estudiando la posibilidad de ofrecer servicios de reinserción a los seis menores, vecinos del pueblo, que fueron detenidos por propinar salvajes y recurrentes palizas a un indigente que dormía en un cajero automático, pero dicho consistorio está un poco confuso porque los pequeños violentos
'pertenecen a familias estructuradas y no tienen problemas de adaptación a la sociedad'. Claro, los servicios de reinserción están pensados para los que no están insertados, para los marginales de toda la vida que viven en chabolas, o en horrible promiscuidad, o cuyos padres son alcohólicos o drogadictos, pero ¿qué pueden hacer esos servicios con los energúmenos engendrados en el seno de familias estructuradísimas que, encima, no tienen el menor problema de adaptación a la sociedad? Con la respuesta a esa pregunta, un escalofrío recorrería el cuerpo de esa sociedad, o sea, de la nuestra, en el caso de que ese cuerpo conservara alguna sensibilidad: los monstruos no se crían sólo en la intemperie de la marginalidad, sino principalmente en el seno mismo de la sociedad, alimentándose de sus valores y asimilándolos en demenciada digestión. Los seis matoncitos de Ayamonte, como los que quemaron viva a una mendiga que dormía en otro cajero, son violentos, carecen de empatía y de resonancia emocional, atacan a los débiles y gozan con el daño que les infieren, pero
'no tienen problemas de adaptación a la sociedad'. A ésta sociedad.
Si un chico hace lo que hacían éstos es porque sufre alguna patología psicológica o porque le han educado mal. Si lo primero, la inexistencia en España de psiquiatría infantil, y no digamos preventiva, establece, por dejación, la responsabilidad del sistema; si lo segundo, la responsabilidad recae igualmente sobre él por su falta de atención sobre la salud moral de la generación del mañana, que, ayuna de toda educación y permanentemente familiarizada con la violencia, porta ese
'chip' depredatorio de los héroes que el cine, los videojuegos, la televisión o la propia realidad social les propone. Pese a la absurda contradicción aparente, el hecho de que esos asociales no tengan problemas de adaptación a la sociedad hay que darlo por válido. Se trata de una sociedad que permite, por ejemplo, que haya gente que viva y muera, tirada en los cajeros.
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