La lección de Pigmalión
Gabriel María Otalora
17/01/2006 Un relato mitológico ambientado en la Chipre griega, cuenta que un rey se puso a moldear la figura de la mujer soñada en la que se reflejase la perfección de las formas y los más elevados sentimientos de ternura, pureza y perfección femenina. Pigmalión, que así se llamaba el rey, decidió realizar la figura sin fijarse en ninguna mujer concreta.
El resultado fue un cuerpo extraordinario que irradiaba la perfección formal y la intensidad espiritual que había imaginado. Enamorado locamente de su obra, rogó a la diosa Afrodita para que le concediese una mujer lo más parecida a la imagen que había creado. La diosa accedió a sus ruegos transformando la escultura en una persona. Así nació Galatea, la que fuera esposa de Pigmalión.
Una invitación a pensar sobre esta evidencia psicológica: la actitud interior se transmite al entorno hasta el punto de influir poderosamente en él.
¿Sabemos del poder influyente que tiene lo que esperamos de una persona? Porque se trata de una fuerza tan grande, que cuando transmitimos a una persona lo que creemos y esperamos de ella, con convicción, puede influir poderosamente en su conducta, e incluso resultar decisivo para su propia evolución posterior. Existen muchos ejemplos: entre profesores y alumnos, jefes y empleados, padres e hijos…
“Si me tratan como una dama, soy una dama, si me tratan como una verdulera, soy una verdulera”. Este
“soy” es sinónimo de la tendencia natural a identificarme con el rol que se espera de mi.
Muchos que a primera vista son secos y desafiantes, pueden ser también seres llenos de vitalidad y conciliadores. Si a quienes consideramos indolentes y torpes les tratamos como a tales, se sentirán proclives a comportarse como indolentes y torpes. Tenemos la manía de clasificar a las personas por todo, incluso en buenas y malas, proyectándolo al exterior.
Recordemos qué sentimiento brota cuando somos el blanco de los juicios de los demás, o recibimos estímulos de autoestima, sobre todo si vienen de quien menos lo esperamos. Entonces, se refuerza la confianza en uno mismo, cosa que, a su vez, influye sobre los logros, que a su vez refuerzan más la seguridad personal, y así sucesivamente. Es una espiral que se produce en ambos sentidos.
Cuidado, pues, con la manera de enjuiciar a los demás, empezando por los que más queremos. Que la confianza solo se fundamenta en pruebas de confianza.