La Ley de la pulmoníaRafael Torres
16/01/06En su preocupación por mejorar la salud de los fumadores, el Gobierno está consiguiendo con su Ley represiva exactamente lo contrario, esto es, que casi todos hayan agarrado ya severas patologías a causa de su exposición a la fría intemperie, ora catarros, ora bronquitis, ora pulmonías. Toda vez que en el lugar de trabajo no se puede fumar, los ciudadanos partidarios de ese hábito se tienen que ir a la santa calle a echar sus pitillos, pero la diferencia de temperatura entre uno y otro espacio es tan brutal, en ocasiones hasta veintitantos grados, y el trasiego frío-calor tan constante, que está apunto de ocurrir lo mismo que durante la construcción del Palacio Real de San Petesburgo, en la que murieron de pulmonía miles de obreros a causa del contraste brutal de temperaturas: en el interior del Palacio las estufas funcionaban al máximo de intensidad para secar los estucos y los lacados suntuosos, de modo que cuando los trabajadores salían del tajo, no llegaban a vislumbrar ni la Perspectiva Nevski porque los cincuenta o sesenta grados de diferencia entre dentro y fuera les desplomaba entre horribles broncoespasmos.
Siendo triste que al ciudadano que fuma se le reduzca a la condición de mera chimenea, pues el que sale a fumar a la santa calle sólo puede hacer eso mientras consume su pitillo, o sea, fumar, cuando lo bonito y lo útil es hacer cosas mientras se fuma, trabajar por ejemplo, más triste es que la Ley, so capa de mirar por su salud, se la destruya ominosamente. El desgarrador suceso se explicaría, bien es verdad, atendiendo al hecho de que la inicua Ley no se ha urdido e implantado para beneficio de los fumadores, sino de los que no fuman, pero aún así parece exagerado, cuando no contrario a los principios más elementales del humanitarismo y la civilidad, pretender exterminarlos a base de pulmonías según el principio de que muerto el perro, se acabó la rabia. Por lo demás, lo que el Gobierno calculó que la Seguridad Social se ahorraría en cánceres, se lo va a tener que gastar, multiplicado, en atender a esa pobre gente que tirita en los portales y en las puertas de los talleres, las tiendas y las fábricas, incluidas las fábricas de tabaco.
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