Ortega LaraFrancisco Muro de Iscar
17/01/06
Se cumplen diez años del secuestro de
José Antonio Ortega Lara por ETA, el más largo de la historia pero, como todos, la muestra de una barbarie que sigue viva. Yo prefiero recordar otra fecha, 532 días después, cuando fue liberado por la Guardia Civil y él pensaba que le iban a matar. El secuestro de Ortega Lara, como el secuestro y asesinato de
Miguel Angel Blanco, no fueron sólo contra ellos, contra su vida, contra su futuro, sino contra toda la sociedad española.
Hace exactamente un año y medio tuve el privilegio de hacerle la única entrevista que ha concedido en estos diez años. Una larga entrevista en la que, casi con las lágrimas aflorando a lo ojos, revivió todos los detalles del secuestro, la liberación y su vida después de ese terrible atentado contra él, contra su mujer, contra su hijo y contra todos los ciudadanos de buena voluntad. No había ninguna razón, ningún motivo, ninguna causa, pero trataron de arruinar su vida. Y casi lo consiguieron. Sobrevivió por su fe, por su entereza moral y por su disciplina.
"Primero la familia; luego, la fe; y, cuando pierdes la esperanza, el método, la disciplina: saber el día en que vives porque cada día, encima del zulo, funcionaba una máquina diferente; caminar dos pasos al frente, tres a la izquierda; leer todos los días 25 páginas". Nada justifica esta tortura.
"Tenía una bombilla de poca potencia que estaba encendida unas siete u ocho horas diarias. Cuando discutía con ellos, cuando les llamaba terroristas, me dejaban en total oscuridad". La terrible soledad sin esperanza:
"Como pensaba que había cámaras y que me estaban viendo, me ponía la toalla en la cabeza y hablaba en alto con mi mujer para ejercitar un poco las cuerdas vocales, para no volverme loco". Y el perdón. Tantos años después de aquella salvajada, José Antonio me decía:
"Es un reto llegar a perdonar. Me gustaría morirme habiendo perdonado, pero ¡es tan difícil! Tantos años después todavía no lo he conseguido". Ahora, diez años más tarde, Ortega Lara sigue luchando por ser un ciudadano normal, algo que es prácticamente imposible. Está dedicado a los niños, a los donantes de sangre, a sus conciudadanos de Burgos y siempre que puede, acude cuando le llaman las otras víctimas del terrorismo. Sin protagonismos, sin alharacas. No quiere ser un espectáculo porque quiere ser solamente un hombre con derecho a vivir. Con derecho a ver crecer libres y en paz a sus hijos. Le robaron casi todo menos la esperanza porque es un hombre fuerte que espera ver el final del terrorismo, el final de ETA. Cada vez que se ponen encima de la mesa
'los derechos' de Herri Batasuna, de los que defienden a los asesinos, de los que ponen bombas, el posible acuerdo con ETA, la
'negociación', yo no puedo evitar acordarme de José Antonio Ortega Lara y estremecerme por su dolor. El dolor de las víctimas, de todas las víctimas sin sentido de ETA. Nunca debemos olvidar eso.
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