Campeones nacionales Lorenzo Bernaldo de Quirós
12/01/2006Zetapé no está sólo anticuado en su filosofía política, eco de las rancias utopías radicales de la izquierda premoderna, sino también en su enfoque económico. La idea de crear campeones nacionales en los sectores industriales claves, según el Gobierno, es una expresión de las viejas doctrinas mercantilistas arrumbadas hace más de un siglo por la teoría económica. Además, la fabricación desde el poder de grandes compañías se ha traducido en la creación de dinosaurios empresariales incapaces de competir en un mundo globalizado y que imponen a los ciudadanos unos precios más altos que los existentes en mercados abiertos a la competencia. Con independencia de su impacto sobre el orden competitivo o de sus implicaciones políticas, la integración de Gas Natural y Endesa no es justificable en términos de que España necesita una gran empresa energética.
En una economía libre y competitiva, el tamaño de las compañías ha de ser el resultado de la lógica del mercado, de las decisiones de los propietarios de las empresas pero no del Gobierno. A éste no le corresponde decidir ni animar procesos de fusiones o adquisiciones. Para España, lo importante es tener empresas eficientes que compitan entre sí para ofrecer a los individuos los mejores bienes y servicios posibles a los precios más bajos. La identificación de lo 'grande' con lo mejor es una falacia económica que ha producido resultados no siempre positivos. Basta ver el mal comportamiento de los campeones nacionales franceses o alemanes para mostrar un saludable escepticismo sobre las bondades del binomio tamaño-competitividad.
Zetapé ha dicho que a
"cualquier presidente del mundo le gustaría que su país tuviese grandes compañías". Depende. Desde luego ese no es el objetivo de los gobiernos que creen en la libertad de empresa y que se limitan a establecer un marco de reglas dentro del cual los agentes económicos toman sus decisiones con libertad. Cuando los gobiernos se inmiscuyen en el ámbito económico y creen saber mejor que el mercado y que los propios empresarios en qué, en dónde y cómo ha de invertirse, los problemas se multiplican. A pesar de la insondable sabiduría del presidente, nadie sabe mejor que el mercado cuál es el tamaño empresarial idóneo.
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