No podemos seguir asíConsuelo Sánchez Vicente13/12/05La inseguridad ciudadana solo es noticia cuando algo atroz nos recuerda lo indefensos que estamos ante el nuevo tipo de delincuencia que se está instaurando en nuestra sociedad, sin duda por la relativa impunidad con que se mueven en nuestro confiado país las mafias y bandas organizadas de toda condición que se nos están colando con la inmigración ilegal. Pero también, en mi opinión, por el insidioso efecto del cóctel explosivo que forman la violencia gratuita con que nos bombardean constantemente el cine, la televisión e incluso los videojuegos, y el discurso de la falsa tolerancia a que tan aficionados son algunos políticos, algunos líderes de opinión y demás
"progres" de salón.
Las leyes no tienen el poder mágico de cambiar las conductas. Endurecerlas es obligado para que puedan ejercer algún efecto disuasorio sobre los delincuentes. Pero, por mucho que endurezcamos las leyes, si no atajamos el mal de raíz, sólo conseguiremos llenar las cárceles. Alguien que degüella a un semejante por la magra recaudación de un taxi, como ese dominicano al que la Ertzantza ha salvado de ser linchado en Bilbao, tiene que cumplir íntegra una larga condena, de esto no hay duda. Pero, para evitar, en lo posible, que degüellen al próximo taxista, hay que dejarse de angelismos multiculturales, y también nacionales. Aunque, con frecuencia, quienes protagonizan los crímenes y las agresiones más atroces son extranjeros (no siempre
"sin papeles", por cierto), no hay que olvidar que los dos individuos que hace poco acuchillaron a una familia de joyeros para robarles la caja, por citar el último ejemplo, eran españoles de pura cepa.
Ni este es lugar ni yo soy quien para aportar la solución al complejísimo problema de la inseguridad ciudadana. No la tengo. Pero, creo que hay un par de ideas sobre las que deberíamos reflexionar y actuar en consecuencia. La primera es que, el valor que la vida tiene en las democracias desarrolladas como la nuestra, le es totalmente ajeno a los delincuentes que vienen de países en los que la vida no vale nada, o casi nada, como los antiguos países del Este, algunos de Latinoamérica, y todos aquellos en los que la única ley es la ley del mas fuerte. Y la segunda: no estamos siendo capaces de sustituir los viejos valores religiosos que actuaban como muro de contención moral de la violencia, por esa
"ética laica" de la que tantos habla y nadie acaba de concretar.
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