Entre el agua y el vino
Antonio Casado29/12/05
Veamos algunos precedentes. El presidente del PP,
Mariano Rajoy, dijo en su día que querer encajar el proyecto de Estatut en la Constitución sería como hacerle la permanente a un puerco espín. Por su parte, el presidente de la Comisión Constitucional del Congreso,
Alfonso Guerra, ex vicepresidente del Gobierno y decano de los diputados, divulgó este verano su escasa afición a comulgar con ruedas de molino (no aceptaría una reforma de la Constitución camuflada de reforma estatutaria). Y hace tan solo unos días, otro dirigente socialista tan histórico como Guerra, pero no precisamente guerrista,
Joaquín Leguina, ex presidente de la Comunidad de Madrid, ha declarado que hacer constitucional el proyecto de Estatuto de Autonomía de Cataluña sería como convertir el agua en vino.
Tres voces de distinta estirpe ideológica y un común compromiso con el orden vigente que han captado en el texto enviado por el Parlament al Congreso aproximadamente las mismas anomalías : deslealtad con la Constitución, así como desdén formal y material con las reglas del juego. Pero las cosas ya han ido muy lejos por la inexplicable flojera de
Rodríguez Zapatero. Flojera, desidia o incapacidad para decidir de antemano las jugadas siguientes a lo que previsiblemente ocurriría en las primeras. Otros hablan de optimismo genético, o algo así.
La situación vuelve a ser surrealista, después de la astracanada del plazo de presentación de enmiendas. Desde entonces, una buena noticia: el PP se incorpora a la tramitación formal del Estatut en las Cortes Generales, donde habita la representación de la soberanía nacional y donde el proyecto ya se encuentra en fase de resolución, después de haber superado en Cataluña la fase de propuesta.
Pudo ser también buena noticia esa oferta televisada de Rajoy a Zapatero para sacar del atolladero el carro de la gobernación del Estado, pero es irrelevante. Carece de recorrido. A estas alturas ya sabemos que el aislamiento del PP, no sólo en el debate del Estatut, es la gran apuesta política de la Legislatura. De Zapatero y de Rajoy. Es la misma y ambos esperan de ella un alto rendimiento electoral. Según quien la gane, claro.
A los hechos. El martes presentó el PSOE en el Congreso un puñado de enmiendas que parecen destinadas a rebajar el subidón del nacionalismo catalán, incluido el que representa
Maragall, que afortunadamente no incluye ni mucho menos el mayoritario sentir del PSC. Y, como es lógico, quienes apadrinaron el proyecto en su tramo catalán se muestran inquietos.
El representante de CiU en las negociaciones, Francesc Homs, ha calificado de
"bofetada" esas enmiendas socialistas. Es hasta lógico desde su perspectiva, la de un negociador al que se le ha venido diciendo en la oreja (palabritas al oído, ¿palabritas sin sentido?) que todo se arreglará, que las enmiendas encierran una propuesta de máximos con disposición al recorte, y que habrá acuerdo porque Zapatero quiere que lo haya como sea.
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