Feliz NavidadAgustín Jiménez27/12/05Como los demás años, éste ha traído sucesos y protagonistas que ya resultan corrientes. Dios y/o la naturaleza y los propios terrícolas han competido en hacer la vida imposible. Olas desconsideradas, huracanes rabiosos y tierras atormentadas han arrasado vidas y viviendas. Dos teorías caracterizan la modernidad: la teoría de las catástrofes y una rama nueva de la economía que podemos llamar finanzas humanitarias. Caritativos y/o asustados, los humanos salvados de las aguas mandan donativos alocadamente, desbordando a las ONG, destrozando la industria textil local e imponiendo una logística de ayuda al prójimo muy propugnada por actores de cine y estrellas de rock, esfuerzo al que contribuyen desesperadamente ricachones como
Bill Gates y señora, ansiosos por desprenderse de miles de millones superfluos que a ellos les parecen una ola de tsunami.
Pero la gente en general no ha querido solidarizarse sólo con los desgraciados sino también con los sinvergüenzas. Vecinos aparentemente anodinos han dispuesto bombas en diversos emplazamientos, unos adolescentes han quemado viva a una mendiga frente a un simbólico cajero y numerosos padres y abuelos han regalado misiles y bombas destinadas, sin duda, a acortar el sufrimiento de sus receptores. Para celebrar la Navidad, Israel ha bombardeado lo que le ha parecido bien. También es verdad que un demente de nuevo cuño con pinta de profesor no numerario de la universidad de Teherán ha propuesto que Israel sea borrado del mapa. Prueba de que el energúmeno es incompatible con la humanidad, es que ha prohibido a
Mozart, del que ahora se celebra algo. Aunque es verdad que también se puede vivir sin Mozart y que este año, por ejemplo, mucho cursi ha añorado a
John Lennon y aquella horrible portada de
'Rolling Stone' en que posaba raro y largo junto a su japonesa y luego heredera.
Siguiendo con la cursilería, se ha estrenado una película llamada
'Feliz Navidad', que puede ser de mucho llorar. Rememora ciertos episodios de confraternización que inquietaron muchísimo a obispos y generales en la Primera Guerra Mundial. La noche de Navidad, entre el frío, el terror y una boba nostalgia de ser buenos, los soldados encargados de matar al enemigo caen en la tentación de rezar y brindar con él, olvidando irresponsablemente una conclusión del Evangelio que, en nuestros días, sólo captarán perfectamente quienes hayan seguido el pensamiento gestado por un trío de homínidos que se reunió una vez en las Azores:
"No he venido a traer la paz sino la guerra". Porque es cierto que la paz es imposible. Sin ir más lejos, nosotros, en cuanto podamos, declararemos la guerra a Cataluña. Aun así, mientras tanto, ¡feliz navidad!
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