La inflación como problema Lorenzo Bernaldo de Quirós
22/12/05La persistencia de un elevado diferencial entre la inflación española y la existente en el núcleo central de la UEM no obedece al menor crecimiento de este área ni se explica sólo por la existencia de unas condiciones monetarias demasiado laxas para la posición cíclica de la economía nacional. Si eso fuese así, el problema sería coyuntural y la pérdida de competitividad de los bienes y servicios nacionales, reflejada por un descomunal déficit exterior, no resultaría inquietante. Para desgracia del Gobierno y, sobre todo, de las familias y de las empresas el problema es más profundo. Tiene razones estructurales y no se va a corregir con la inacción gubernamental o con las rogativas a los santos ofrecidas por el socialismo reinante. En otras palabras, hacer el Don Tancredo no va a evitar que nos pille el toro.
La combinación del alto incremento de los salarios con un crecimiento de la productividad más bajo que el de la Eurozona junto a la presencia de rigideces en los mercados de productos y en el laboral son elementos clave para explicar que España mantenga de manera crónica una tasa de inflación superior a la de sus socios de la unión monetaria. La moderación salarial tan cacareada por los sindicatos tal vez haya sido real pero inferior a la experimentada en el resto de los países de la UEM. Por eso los costes laborales unitarios han aumentado en la Piel de Toro mucho más que en el área del euro. Al mismo tiempo, la insuficiente liberalización del sector servicios no ha podido absorber el aumento de la demanda provocado por la elevación del nivel de renta de los ciudadanos, lo que se ha traducido en unos precios superiores a los que existirían si hubiese mayor competencia.
¿Cómo se transmita ese escenario al sector exterior? La respuesta es simple. Como los precios y los costes de producción españoles crecen más que los de sus competidores, el tipo de cambio real se aprecia, los bienes y servicios españoles se encarecen respecto a los extranjeros y, en consecuencia, las exportaciones caen y las importaciones aumentan. En sus inicios, ese proceso no parece tener ningún efecto negativo. Más tarde, el deterioro de las cuentas externas muestra que algo va mal y, finalmente, esa situación pasa factura en términos de producción y empleo. La economía española está en la segunda posición -creciente agujero exterior- y, si los dioses no lo remedian entrará en la tercera fase en un plazo no muy lejano.
La medicina para combatir ese mal está en cualquier manual. Es imprescindible liberalizar el mercado de trabajo para ajustar los salarios a la marcha de la productividad y es necesario aplicar una inyección liberalizadora en las venas de un buen número de sectores para incrementar la competencia y bajar los precios. El fantasmagórico y virtual Plan de Dinamización no sirve para conseguir ese objetivo.
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