Lo que el viento se llevó
Agustín Jiménez04/10/05
Debió de ser
Lula el último mandatario al que se administró positivamente un apelativo meteorológico: Huracán Lula. Después del Katrina, sería siniestro pitorreo calificar, por ejemplo, de
'huracán Bush' al conocido patrón de los conservadores compasivos. Después del Katrina,
Bush es definitivamente un líder muy descuidado, pero además nos hemos convencido de que la meteorología está muy cabreada. Pero ¿son perversas las corrientes incalculables de la atmósfera ciega, o es un animal el hombre sin conciencia que la pone patas arriba?
Coincidentes con unas fotos de los casquetes polares haciendo agua, se han divulgado opiniones encontradas y esclarecidas sobre los últimos desenfrenos de la naturaleza, que decididamente se ha dado a la mala vida. El reflejo victimista y primario es el de autoculparnos y flagelarnos de palabra y omisión por un comportamiento antiecológico que, de momento, no estamos dispuestos a alterar. Desde la acera de enfrente, se esgrimen contraargumentos científicos que nos incitan a seguir escurriendo el bulto.
Michael Crichton (
'Estado de miedo') sostiene que el alarmismo ante el presunto cambio climático es una victoria de ciertos grupos terroristas, y ha ido a testificar ante el Congreso americano a cuenta de la deficiente metodología de los estudios que lo confirman. Crichton es un novelista de visión y drama, narrador de apasionantes cuentos de intromisiones del mal (para los cultos: variaciones del mito de Beowulf) que, al final, se desmoronan en una tesis alicorta y predicadora. Crichton es muy bueno si evitamos leer las últimas páginas de sus libros, que, en todo caso, siempre contienen más inteligencia que las discusiones sobre nación, región y mírame-a-mí que ocupan estos días a un puñado de españoles plastas.
Como siempre pasa, otros apoyan su escepticismo (de Crichton). El mismo día en que se publicaron las fotografías de los polos encharcados, un atmosferólogo seguramente famoso instruía a un periodista: el CO2 no es tan malo como parece. Y, frente a los que moralizan sobre el respeto estricto de las leyes naturales, un telediario francés comentaba un estudio muy serio que confirma con cifras lo que ya conocíamos: la naturaleza tampoco es tan buena; con los gases que expelen incesantemente por su gordo trasero, las vacas francesas contaminan más que las refinerías de petróleo y casi tanto como los automóviles, que son vacas más perfeccionadas. Ingenieros listillos van a tener que acoplarles un dispositivo que recupere el metano y lo aproveche correctamente (por ejemplo, para impeler vehículos por carreteras que atraviesen los campos donde se explayan las vacas).
Mientras nos ponemos de acuerdo sobre si el medio ambiente va mal o muy mal, la naturaleza ya se ha ido convirtiendo en uno de los enemigos tradicionales del hombre, y las imágenes que aluden a fenómenos naturales dan mala espina. El reciente eclipse anular ha distraído a los españoles más que a ningún otro público europeo. E inmediatamente han surgido comentaristas ingeniosos que lo han extrapolado a la política. Cuando teníamos un presidente sonriente que aún no mandaba el Ejército a Ceuta, lo llamaban, y algunos con admiración idílica,
'Bambi'. Ahora dicen que el sol de
Zapatero está en eclipse. Aunque también aquí las opiniones se reparten.
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