Terroristas del fuego
Rafael Torres24/08/05
Tal es el efecto destructor del fuego que, según casi todas las mitologías, será él quien tome posesión de la tierra cuando todo se acabe. Los seres humanos, en su obsesión por reproducir o crear la Naturaleza a fin de sentirse un poco dioses probablemente, reinventaron el fuego y han venido controlando y perfeccionando su uso, sobre todo en sus aspectos más devastadores, hasta hoy, de modo que lo que sirvió para infundir calor en el invierno, hornear la carne, iluminar la noche y fabricar herramientas sirve también para destruir la Amazonia, las selvas de Indonesia o países enteros como el amado Portugal.
Semejante arma (fueron las bombas incendiarias de los bombarderos y no las rompedoras las que pulverizaron Gernika o las ciudades alemanas en la II Guerra Mundial) no podía pasar inadvertida a los canallas particulares, de modo que el fuego se ha convertido en el arma perfecta de la modalidad más aciaga y peligrosa del terrorismo, la más asequible, la que no precisa de tecnología ni de organización: basta un indeseable con una cerilla, una familia con una barbacoa o un especulador con ganas de construir en el monte para provocar una tragedia irreparable y de proporciones gigantescas.
Pero los terroristas del fuego, los que han asesinado este verano a quince compatriotas y a centenares de miles de animales silvestres, los que han hundido en la miseria a comarcas enteras y han desertizado vastas zonas del territorio, cuentan con un cómplice poderosísimo: el proverbial desprecio de los gobiernos y de los ciudadanos, así en España como en Portugal, hacia la Naturaleza. Sin ese cooperador necesario que hemos alimentado entre todos, los terroristas de andar por casa (quemándola) no se complacerían hoy viendo reducirse el monte, la vida, la prosperidad, la belleza, a pavesas.
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