Antel el matrimonio poliédrico
Gabriel María Otalora
20/06/2005
Con la legalización del matrimonio homosexual se ha disparado la controversia social, política y religiosa. Por su parte, el ministro ha subrayado que esta ley no quita derechos a nadie ni establece nuevas obligaciones. Pero nada sabemos si, a partir de ahora, quedan claros los límites legales a otras realidades como la emergente “polyamory”.
¿Y la adopción de niños por parejas unisex? Pues no parece lo mejor el privar a los niños del derecho a una referencia masculina y femenina en su crecimiento porque el papel se lo quieren tomar dos personas del mismo sexo. Otra cosa es que ante la falta de un padre y una madre, de verdad o adoptivos, el amor de personas del mismo sexo sea la mejor solución para un niño abandonado, huérfano o maltratado por sus padres.
Pero lo más importante es que el amor que existe en muchas parejas de gays y lesbianas es un amor sincero y puro ¿Alguien puede negar su existencia en estos colectivos? ¿Hay que seguir explicando que todo no es fornicio degenerado, y que muchas parejas llevan años juntas siendo un ejemplo de amor en convivencia?
Entonces, Dios está en medio de ellos según la definición de que Dios es amor… ¿Qué hemos dicho de bueno sobre esto? De tanto resaltar lo católico, ensombrecemos su fundamento de Amor. La manifestación estará bien o mal, pero sobran nuevas Cruzadas y faltan mensajes y hechos más evangélicos y creíbles que sean buena noticia, siempre con la mano tendida.
No está de más recordar que la finalidad del matrimonio cristiano no es la procreación sino la comunidad de vida. Aquella es la consecuencia de ésta, como íntima comunidad conyugal de amor, abierta a la transmisión de la vida que sólo puede establecerse entre hombre y mujer. De ahí que el matrimonio que no puede tener hijos no es menos matrimonio que el de una pareja fecunda, y que encajaría mejor otro nombre en las uniones homosexuales.
Para completar el cuadro, el Gobierno no cumple sus variadas promesas para con la institución familiar.