Menos ETA... ¿más paz?
Gabriel María Otalora
13/06/2005
La actividad de ETA ha disminuido considerablemente, casi en la misma proporción que ha crecido el enconamiento en la calle y en la política en torno a la paz. A menos terrorismo, más agresividad entre los que están enfrente. No parece que interesa la paz al estilo Gandhi desde su entender el conjunto de los humanos como una unicidad por la que cualquier bien que hagamos hace bien a todos y hacer daño a uno supone dañarnos a todos. Una chorrada para algunos, pero así estamos.
Sobran razones y faltan gestos que lleguen al corazón de las personas. Creo que vivimos la paz como una mera ausencia de guerra, al estilo de la pax romana. Pero aceptemos mansamente la generosa ración de violencia que la televisión sirve a diario: las imágenes de las guerras, la violencia dialéctica del político, de los programas que pagan para descalificar e insultar...
Si apuesto por el odio, sirvo al odio; si apuesto por la fuerza, sirvo a la fuerza. Los que devuelven mal por mal lo único que consiguen es duplicarlo ¿Qué espacio queda así para la paz? Me adhiero a Séneca cuando dijo que toda ferocidad procede de debilidad, y le doy una vuelta más: toda generosidad y comprensión procede de fortaleza. La verdadera fuerza, incluida la fuerza de la paz, es una virtud de sabios alejada de los comportamientos agresivos. Son cosas que no se explican lo suficiente en las aulas y todavía peor, no se viven en muchas familias.
La paz no viene sola. Lo primero es aceptarse uno mismo para estar bien consigo mismo; que a veces la guerra entre dos pueblos puede nacer de las frustraciones del hogar. Querer escuchar, querer perdonar, incluso aprender a olvidar. Saber sonreír. Querer compartir. Estar dispuesto al riesgo de que alguno se violente con nosotros precisamente por buscar la paz. Ser pacíficos (no pánfilos) asumiendo nuestra responsabilidad. Volver a empezar con esperanza a pesar del desaliento.
Asusta la exigencia ética y moral de vivir como agentes de paz más allá del pacifismo del gesto y las concentraciones de paz donde ésta puede brillar por su ausencia. En el día a día es donde se hacen las personas pacíficas, en cada situación concreta que exige tomar la decisión de tratar a los demás como objetos o como personas. Ahí nos duele. A casi todos.