El laberinto catalán
Antonio Casado
13/06/2005
La reforma del Estatuto de Cataluña no era una clamorosa demanda de los catalanes, pero Maragall la planteó como palanca electoral en vísperas de la última campaña autonómica (otoño 03) y los demás se fueron sumando a la carrera con sus respectivos proyectos. El proyecto de Maragall (federalista y asimétrico) siempre suscitó reticencias en el seno de su propio partido, el PSC, donde algunos dirigentes lo llegaban a calificar en privado de "locura", aunque nunca se lo llegaron a tomar muy en serio porque en el fondo contaban con una nueva Legislatura nacional dominada desde Madrid por el PP. No fue así y las cosas se liaron después de que Zapatero mostrase en la campaña de las generales su disposición a respaldar la reforma en el Congreso siempre que aquella viniese aprobada por el Parlamento catalán.
En aquel momento, probablemente porque tampoco creía en la inminencia de su salto a Moncloa, le debió parecer detalle menor que la reforma contara o dejara de contar con el PP. Ahora ya sabe que se meterá en un lío si el Estatuto llega al Congreso sin el respaldo del PP catalán. De ahí la importancia que ha cobrado la figura de Josep Piqué, que el miércoles pasado se reunía a cenar con los dirigentes socialistas Mikel Iceta y Manuela de Madre (sector Montilla, o sea, socialistas no abducidos por el maragalliano nacionalismo de imitación) y, después de la 'cumbre' del sábado pasado en Barcelona, bien puede presumir de ser el único líder no lastrado por las contradicciones políticas que permiten anunciar, con poco riesgo de equivocarse, que no habrá nuevo Estatut durante el reinado de Maragall.
Desde que la nueva Generalitat (Maragall, después de la era Pujol) fletó aquellos autobuses que recorrían la geografía catalana para recoger las opiniones de los ciudadanos, so pretexto de un futuro Estatut nacido del pueblo, la burbuja no ha cesado de crecer. Lo último ha sido el sábado, en la mencionada 'cimera' de los líderes convocada por Maragall para afrontar una segunda lectura del borrador del Estatut. Las discrepancias siguen siendo muchas y persistentes. Sólo hubo un acuerdo, del que se desmarcó, con buen juicio, el señor Piqué. El de hacer constar que "Cataluña es una nación".
Una de dos. O se afrontan los pasos necesarios para reformar la Constitución en su capital artículo 2 (soberanía única e indivisible de la Nación española) o no tiene sentido continuar con un Estatuto cuya proclamación inicial es a todas luces una provocación al vigente marco jurídico-político sobre el que se asienta el Estado.