Triste y azul
Rafael Torres
16/03/2005
Los toros están tristes y azules: tristes porque se aproxima su anual hecatombe, y azules porque se les pone la lengua azul. La máquina de la Fiesta engrasa sus cojinetes, sus cuchillas, para hallarse en condiciones de contribuir al refinamiento moral y cultural de los españoles ejecutando públicamente, para solaz de la afición, a unas decenas de miles de toros, novillos, becerros y vacas párvulas, pero el mal azul de los bóvidos parece que amenaza éste año sus previsiones de producción de sangre, de vómitos, de literatura barata y de muerte.
Ya hay quien ha lanzado la especie, medio en broma, medio por si cuela, de que detrás de esto se halla la mano mendaz y el pensamiento afrancesado de Rodríguez Zapatero, bien que auxiliado en la ejecución de sus torvos designios, cómo no, por el íncubo Carod Rovira. Ya se dice que los Sanfermines, por ejemplo, no podrán celebrarse éste año con su tradicional profusión de heridas por asta de toro en los encierros matinales por las calles de Pamplona, y como quiera que el leonés ilustrado no se ha dejado ver mucho por los palcos ni por las barreras de los cosos taurinos, fumando puros pestilentes y timándose con las misses en busca de toreador, se le achaca indolencia para atajar la enfermedad de las víctimas, que tienen que estar sanas para poderlas matar mejor.
Quien suponga que a la caverna se le pueden acabar los argumentos absurdos o traídos por los pelos para zaherir con tosquedad y violencia al Gobierno legítimo de España, se equivoca: no le gustan los toros al francmasón, y las huestes esclavas (¡Vivan las cadenas!) del absolutismo, que abundan en el taurinismo como es público y notorio, han tardado poco en movilizarse, dentro, como es lógico, de su proverbial inmovilismo.
Los toros españoles están tristes y azules, y los españoles sensibles, preocupados por el mal azul que les aflige. Los otros, no, los otros andan urdiendo burdas añagazas contra Zapatero.
OTR/PRESS