Política exterior
Agustín Jiménez
08/03/2005
Nos reímos mucho cuando el presidente anterior decidió hacer en público sus ejercicios íntimos de inglés, pero mucho más nos hemos reído con el francés de Mortadelo del presidente actual. Agradezcámosles a ambos dos buenos ratos que además, sobrepasando el inevitable bochorno, han tenido efectos contundentes. Si los foros internacionales están buscando el medio de acomodar las reivindicaciones de la lengua española, en parte debe de ser porque empiezan a perder la esperanza de que los nativos de Iberia aprendamos a explicarnos en idiomas. Tal carencia de aptitudes viene de lejos y tampoco es tan grave. Total, el español es hoy, sólo detrás del inglés, la lengua más estudiada en los países de nuestro entorno. Siendo esto así, sería más práctico y más patriótico que nuestros políticos se expresasen con intérprete o con subtítulos. Claro que sería menos divertido.
Felipe González afirmó una vez en televisión francesa que los españoles eran unos incompetentes: probablemente quería decir que eran poco competitivos. Los páramos que construía el profesor Tierno en francés -en inglés no le salía nada- tampoco eran muy instructivos. La izquierda fue la primera que balbuceó en público barbarismos, todos franceses pues de Francia vino la revolución y entonces no había aviones de bajo coste para ir más lejos. Después arribó a la política una generación de tecnócratas que había estudiado un poco en Estados Unidos no muy abundante, tampoco hay que exagerar y, coincidiendo con ellos, el país se llenó de economistas, liberales y gente que daba braguetazos, pero el primer político que puede presumir de buen acento inglés ha sido Gustavo de Arístegui. Entremedias empezaron a hacer declaraciones presidentes autonómicos, algo más cultos que los centrales, que, cuando viajaban, soltaban cosas en alemán. En Alemania estudiaban nueva teología los jesuitas.
Siguió una desbandada de españoles que marcharon fuera a hablar en lenguas, o simplemente a hablar, pero esto no tuvo otra repercusión pública que la proliferación de academias de idiomas. El común de los españoles ni siquiera dejó de tirar papeles al suelo. Los niños huidos de Chernobil y los moros de las pateras nos resultaron incomprensibles pero aquí se quedaron. Los moros llegaron pese a Unamuno, que, en correspondencia pública con Ganivet, los consideraba nuestra mayor calamidad histórica: ocho siglos de calamidad. Unamuno aprendió danés para leer a Kierkegaard. Ganivet obró en Finlandia de diplomático. No consta que entendiera finlandés. En las 'Cartas finlandesas' sólo aduce ejemplos en sueco. Sintió a faltar un 3% de ilusiones y se suicidó en Riga sin entender nada. El extranjero es un sitio muy raro. Y, como notó Ganivet, allí no tienen jamones de Trevélez.
OTR/PRESS