Al PP le molesta el 11-M
José Cavero
10/03/2005
Una y otra vez, se ha venido comprobando en qué medida las rememoraciones de la tragedia del once de marzo de 2004 resultan ingratas y molestas a los principales dirigentes del PP. Es probable que esa sensación de desagrado tenga su origen en la relación inevitable de la tragedia de los trenes de cercanías con la derrota electoral de tres días más tarde y de su desalojo del poder del que disfrutaban desde hacía ocho años. Un trauma como causa probable del trauma siguiente.
Estos días se han producido dos hechos sintomáticos: primero, el rechazo del PP a sumarse a los restantes grupos políticos en las recomendaciones fruto del trabajo de la comisión de investigación parlamentaria del 11-M y las infelices justificaciones expuestas por Mariano Rajoy, que no dudó en hablar de trabajo fraudulento y partidista. Rajoy, en la lectura de un comunicado, y sin admitir preguntas a los informadores, dijo del texto aprobado -34 folios con más de un centenar de recomendaciones, una parte de las cuales el Gobierno convertirá en normas de obligado cumplimiento en el Consejo de Ministros del viernes- que "pretende hacer creer que la comisión ha concluido sus tareas, ha alcanzado sus objetivos y ya puede ofrecer sus resultados. Y eso no es cierto". Los populares, en esta materia y ocasión, han puesto en marcha el viejo consejo: no hay mejor defensa que un buen ataque. Y, en efecto, en línea de ataque se han mostrado, además de Rajoy, sus principales tenientes o delfines, Acebes, Pujalte y Zaplana. Este último explicó que su grupo aspira a un documento más ambicioso, y atacó el obstruccionismo y el afán del PSOE por dar carpetazo a los trabajos.
En realidad, el PP se vio forzado por la opinión pública a reclamar que se constituyese esa comisión de investigación para depurar responsabilidades políticas temeroso siempre de que, más temprano que tarde, habría un perjudicado o declarado culpable: el propio Gobierno del momento del crimen masivo. Era lógico suponer que así sucedería, y así se empezó a vislumbrar cuando, en su libro de memorias de sus ocho años presidenciales, Aznar admitía que no se había previsto suficientemente la posibilidad de atentados que no fueran los de ETA. Por eso, desde el primer momento, el Gobierno insistió y se mantuvo en la tesis de que ETA había vuelto a cometer un atroz atentado, por un claro miedo a que el electorado reaccionara como lo había hecho en los meses anteriores en la calle: relacionando los crímenes de los islamistas fanáticos con la implicación de tropas españolas en la ocupación de Irak.
El PP, durante los meses de la comisión de investigación, y desde su absoluta y total soledad y aislamiento de los restantes grupos, se esforzó en confundir con la misma tesis inicial: no había que descartar la colaboración de los islamistas con los etarras. Fue clamoroso el rechazo que mereció, en su momento, la lectura que Zaplana hacía de unos folios mientras intervenía Pilar Manjón, sin duda el testimonio más emotivo y contundente de los que se produjeron en la comisión. Zaplana se ausentó antes de que Manjón concluyera su incómodo alegato.
Ahora también, el PP "se ausenta". No quiere saber nada de recomendaciones, porque no dejan de ser reconocimiento de cuestiones que no funcionaron bien, que no se habían previsto. Y mucho menos de unas conclusiones previsibles, en las que volverá a ser más clara y directamente responsabilizado por gestión ineficaz de la seguridad e integridad física de los ciudadanos. Por si faltaba algo, a Aznar se le ha ocurrido aprovechar estos días del primer aniversario para darse una gira por Méjico y Estados Unidos, en su labor de conferenciante de altos costes.
OTR/PRESS